En juego la convivencia, los musulmanes como aliados

Nada más conocerse la noticia de los atentados de hoy en Bruselas, me ha llamado un amigo  musulmán, tremendamente afectado, consciente de que los terroristas buscan sembrar el odio entre musulmanes y no musulmanes. Consciente de que el arduo trabajo diario en los barrios por una convivencia positiva da un gran paso atrás con cada asesinato.

El riesgo de que se desestabilice la convivencia es alto. Vivimos en una sociedad llena de contradicciones. El ejercicio de los derechos y libertades se encuentra a menudo sujeto a arbitrariedades  y mercadeos que hacen épica la defensa del estado de derecho, de la idea de ciudadanía. Por otro lado, los obscuros intereses que mueven esa interpretación moderna y antiislámica de DAESH saben perfectamente dónde están haciendo daño. Cuanto peor, mejor.

Mi amigo sabe, porque lo ha experimentado, que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos diferencian. Sabe también que todavía no hemos superado la atávica islamofobia de nuestra sociedad, construida sobre ese cuento llamado Reconquista. Como él son muchas las mujeres y hombres de religión musulmana, extranjeros y españoles, que son padres y madres de familia, compañeros de trabajo, maestros y médicos… en fin, que forman parte de nuestro paisaje diario, de nuestra vecindad. Este paisaje es y será perenne y estructural, mal que les pese a los intolerantes, y a los que presa de una inseguridad inespecífica proyectan sobre “el otro”, “el diferente”, todos los miedos y todas las culpas de sus males. Más temprano que tarde nuestras ciudades y pueblos tendrán mezquitas, sinagogas o Gurudwaras, templos de las más diversas religiones que contribuyen, y no en poca medida, a la cohesión social, la solidaridad y la extensión de redes que facilitan la integración y adaptación mutua a este complejo contexto en el que vivimos.

No soy partidario del antirracismo del manifiesto y la pancarta. He podido comprobar de primera mano que el verdadero trabajo por la concordia se hace sin ruido y sin prisa, trabajando de manera comunitaria, buscando rincones donde las desigualdades estructurales se diluyen en un plano de igualdad para compartir una fiesta, una reunión del AMPA o de la comunidad de vecinos, un partido de fútbol o una mani por la educación pública y de calidad. Pero quizá hoy sí que vuelven a hacer falta gestos, manifiestos y pancartas. Hace falta que todos, desde nuestro ámbito más cercano, nos comprometamos más que nunca en extirpar la semilla del odio que brota con cada estallido delirante en cualquier estación.

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