Soy del antiguo régimen

Qué le vamos a hacer. Soy vintage, viejuno. Procuro tener principios sólidos para moverme en la sociedad que dicen líquida. Me gusta la comida reconocible, las cenas románticas y las fiestas sorpresa. El olor de las velas y del incienso. Los libros de papel y las zapatillas de cuadros.

Creo que en los clásicos está todo drama y comedia, toda epopeya y arquetipo, y que cualquier obra posterior no es más que un remake más o menos afortunado. Igual que encuentro en los grandes libros de todas tradiciones las mismas simples verdades que alumbran al ser humano. Aun así me encantan las historias de intrigas y aventuras, de amores y muertes, y espero con ansia la temporada final de Juego de Tronos. Tengo mis contradicciones, ellas me conforman y me moldean. La vida es la lucha por superar esa dualidad.

Me gusta más deliberar que votar, seducir que provocar. Creo que el derecho a decidir va detrás de la virtud de consensuar. Me gusta la finezza y la esgrima argumental, más que la cultura del zasca y el mandoble. Soy de matices, de silencios llenos de contenido, de miradas cómplices, de partida de póquer.

Reconozco el valor de la palabra dada y de los apretones de manos. Deliberaciones tabernarias cargadas de humo, encendidas al calor espirituoso, y los acuerdos sottovoce, adornados con susurros llenos de honor. El brindis de los caballeros y las amazonas avezados de cien batallas tiene más poder que el decreto.

Contar a los amigos de vez en cuando. A veces pocos, a veces demasiados. A los de verdad no les ha faltado un grito, un insulto o una palabra fuera de lugar. Es así, para qué discutir entre colegas si lo podemos arreglar a hostias. Si no sabéis lo bien que sienta un bofetón, físico o virtual, de un amigo es que no habéis tenido ninguno.

Procuro defender a los míos pero sin autofelarnos. A mí no me encontraréis entre los silencios cómplices, aunque sorprenda a los mediocres y saque de sus casillas a los abusones. Antes de contemporizar, uno cumple con su deber si hace falta con una opinión incómoda. Más de una vez me robaron el bocadillo por ello. Me gusta la disciplina, y la lealtad bien entendida, que es esa que no aplaude cuando el Rey va desnudo, pero tampoco lo grita. Prefiero la estrategia a la táctica, y las cicatrices a las sonrisas prefabricadas. Las caras a los avatares.

Creo que las aptitudes son subordinadas de las actitudes, así que nunca me contrataréis por mi currículum, sino por mis ganas. Me gustan los acrósticos y las claves, los símbolos, los ruedos y arrobarme en los altares. Destrozar laboratorios. El acecho y la espera. Me gusta rondarte, y cazar besos furtivos en los labios de toda la vida. Lo he descubierto tarde, y es posible que no les importe un pimiento, pero descarga mucho saber que, simplemente, soy del antiguo régimen, un anacronismo, un accidente.antiguedades1

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Ni racistas ni buenistas. Por una reflexión serena y responsable sobre la inmigración.

Para bien o para mal, la mayor parte de veces para mal, la situación de las personas de origen extranjero que eligen nuestra tierra como lugar de paso o para establecer un nuevo proyecto vital acapara buena parte de los discursos políticos, incluidas las discusiones tabernarias, familiares o las disquisiciones de sesudos gabinetes.

Algo huele a precario en la incipiente experiencia en materia de acogida y gestión de la diversidad que se impulsa desde los diversos niveles del estado y de una voluntariosa sociedad civil. Es cierto que ya se acumula know how, que hemos recopilado pistas para dibujarnos planes y programas, y que contamos con un cúmulo de buenas y malas prácticas que configuran un acervo interesante. Y no es menos cierto que el encorsetamiento de lo “políticamente correcto”, especialmente en el ámbito de la izquierda no ha permitido un necesario y sereno debate. Hemos dejado flancos inquietantes al descubierto.

En la antesala de una nueva oleada migratoria, que sostendrá nuestro sistema ante los desequilibrios demográficos de un occidente envejecido, bueno será que nos tomemos un tiempo para dilucidar las implicaciones del fenómeno en todos los órdenes a los que afecta, que no son pocos: progreso económico y calidad de vida, desigualdades y desequilibrios del estado del bienestar, auge de los nacional populismos, construcción de identidades inclusivas, nuevos pactos de convivencia en diversidad… Un desafío para el que necesitaremos mucho trabajo de fondo, sostenido y audaz, en el que poco o nada ayudan los antiracismos de manifiesto, pancarta y megáfono.

Vamos a empezar por lo obvio:

  • Todas las doctrinas de superioridad racial son burdos intentos de enfrentar a pobres contra pobres, provocando o fortaleciendo los desequilibrios en las relaciones de poder de unos colectivos sobre otros. Son científicamente absurdas, moralmente deleznables y socialmente injustas.
  • La incorporación de la ciudadanía de origen extranjero, mayoritariamente de extracción social baja, ha hecho presión sobre las grietas del estado del bienestar. La inmigración no es un problema, pero en algunos aspectos la vida social se problematiza con su incorporación. Persistir en negarlo nos hace parte del problema.

Guerra entre parias

Los extranjeros y las extranjeras que llegan han tenido que soportar en mayor medida las penurias de la crisis económica, y esto no ha favorecido su plena incorporación. Mal negocio para la deseada integración bidireccional, el vínculo potente de la ciudadanía con el proyecto colectivo que es un barrio, una ciudad, o una nación, y sin el cual es impensable la convivencia.

Imagínense el cuadro de vectores que influyen sobre una persona extranjera: a la fuerza gravitatoria que arrastra hacia abajo a la clase trabajadora en general en esta salida de la crisis ante la avería del ascensor social (su poder adquisitivo real habrá bajado como poco un 15% en los últimos años) súmenle otro vector negativo, fruto de los efectos de la llamada “asimilación descendente” (las siguientes generaciones tienen más dificultades para mantener el estatus socieconómico de partida), lo que multiplica la velocidad de caída, y algo más si resulta que el colectivo son jóvenes o mujeres, sobre los que pesa la yuxtaposición de diversos ejes de discriminación. Si además añadimos una resistencia expresada en términos de aculturación, que mina los pilares del individuo conduciendo a la desagregación, y otros factores en la órbita del síndrome de Ulises, tenemos un cóctel perfecto para que se traspase el límite del desapego, ese punto en el que se duda del autoreconocimiento como miembro de una sociedad.

Un dato que ilustra el amargo caldo de desigualdades en el que tenemos que cocinar una nueva convivencia es que si el riesgo de pobreza de la población autóctona en Catalunya ronda el 15%, el de la población de origen extranjero es del 40%. No es de extrañar que en determinados colectivos haya penetrado con facilidad un discursos victimista, al que una parte de la izquierda se suma con ese antirracismo “de la voz y el gesto”, pueril y “bienqueda”.

Por otro lado,  vastos sectores de la población “autóctona” se encuentran en tierra de nadie. Les vendieron que eran clase media y les mintieron. Como no son pobres, no acceden a las ayudas. A la dificultad por llegar a final de mes se le suman los malabarismos de la conciliación. Se sienten olvidados, y tienen algo que perder, así que se defenderán. Si cuando expresen sus miedos les tratamos de racistas, los perderemos irremediablemente.

En este marco se hace evidente la competición por los beneficios sociales del estado del bienestar, y resurgen los movimientos que reclaman la “preferencia nacional” (los catalanes o los españoles primero), convirtiendo el temor, la desigualdad y la incertidumbre en acicates de la lucha entre sujetos de una misma clase social. La guerra sin cuartel de parias contra parias. A pesar de contribuir con creces lo que reciben, se impone la percepción de que los inmigrantes compiten con los autóctonos por los recursos del estado del bienestar, y reflejan el lugar al que éstos últimos no quieren volver. El racismo convence conectando con los intereses egoístas, ideales patrióticos más o menos trasnochados, y la necesidad de seguridad. El discurso antirracista va a menudo a remolque. Como todo en esta vida los discursos extremos pro/anti se responden, se explican mutuamente y se retroalimentan (aunque ello no los sitúe en la misma escala moral).

Crack29

Un juego de artesanía e ingeniería

El asistencialismo mecánico de las políticas sociales, de su parte más troncal (educación, salud, protección social), se le ha de dotar de más recursos. Debemos garantizar el mantenimiento de una renta suficiente para la vida digna. Para esa mecánica dura necesitaremos ingenieros e ingenieras.

Pero no será suficiente. Debemos hacer florecer también la otra parte del estado del bienestar. Una parte más soft, pero que genera la nebulosa de espacios que devienen por sí mismos transformadores (espacio o esfera pública desde la mirada de Habermas, como espacios de comunicación e intercambio simbólicos). Zapadores en pos de los encuentros improbables, nuevas narrativas, nuevos relatos alejados del buenismo, impregnados de los retos que nos unen. También nuevas colaboraciones entre lo público y lo privado, que alumbren nuevas oportunidades más allá de los fuegos de artificio y las paupérrimas acciones de RSC. Revalorización, reconocimiento y legitimación de todas las partes para construir un nosotros plural; oportunidades de formación, de participación política y de relación social; espacios públicos amables y útiles; acciones a medio abierto, acompañamiento y acogida… para toda esta orfebrería necesitaremos artesanos y artesanas.

Requerimos evaluaciones serias que saquen de la intangibilidad a los proyectos sociales. Exigir resultados, no discursos. Buscar la excelencia. Ver dónde se sobreinterviene, y qué sectores de la población quedan sistemáticamente fuera de todo programa.

Tocará también ser eficaz desde el punto de vista comunicativo, tomar la iniciativa para explicar que diversidad es creatividad y progreso, que una buena política migratoria es también una buena política para el mantenimiento del sistema de pensiones. Hay que dejar de estar a la defensiva para afirmar que murió el mantra que nos decía que la desigualdad es un precio a pagar por la eficiencia del sistema. Debemos exponer que la creciente brecha de desigualdad frena el crecimiento económico a largo plazo (las economías desiguales son menos competitivas); que no es un problema de escasez, sino de redistribución; que si sufren siempre los mismos no es buen negocio para el conjunto de la sociedad. Que necesitamos más políticas predistributivas y redistributivas, y que todo lo demás son paparruchas.

Nos adentramos en un momento de aceleración, expansión e intensificación de conflictos en contextos de elevada diversidad. El prejuicio parece extenderse, y la práctica demuestra que no es suficiente munición armarse con indicadores, datos, o un ejército de fact-checkers. Si el marco mental explica la realidad a partir de una amenaza interna llamada inmigración, los argumentarios chocarán contra una pantalla invisible, impidiendo modificar las estructuras prefijadas. Sólo nos queda fortalecer el estado del bienestar y presentarlo como el espacio de seguridad para todos y todas.

Ya dije hace un tiempo que la nuestra es una sociedad de elevada tolerancia a los populismos y que todavía tenemos que ver una xenofobia particularmente descarnada y obscena, como nunca la habíamos visto. Si las instituciones parecen tabernas, las tabernas serán campos de batalla. Ojo, porque una nueva desaceleración mundial nos va a pillar recomponiéndonos todavía de la crisis. Nuestra economía tiene algunos hechos diferenciales que harán las delicias de los populismos, siempre al acecho de un buen chivo expiatorio sobre el que volcar todos nuestros males y frustraciones, individuales y colectivas. El paro de larga duración, la mayor tasa de empleo temporal y el aumento de la desigualdad y la pobreza nos destaca de la media de los países desarrollados, con el agravante de que estos tres factores afectan especialmente a los jóvenes. Toca pues salir de la pancarta y coger pico y pala. Luces largas y trabajo de proximidad para poner barricadas más útiles que las que se construyen con neumáticos en cualquier manifa. Nos va mucho en ello.

Bienestar

 

Nosostros sostenemos el mundo

“De ahí que un género duro somos y avezado en sufrimientos y pruebas damos del origen de que hemos nacido”. Ovidio, Las Metamorfosis.

Psychenautas hacia el negro absoluto. Un negro profundo y acaparador. Hojarasca a merced de la corriente, buscando trascender para comprender el río. Así surgimos del caos, vibrando hasta encontrar nuevos asideros.

Somos los colegas de Sísifo, expertos en restañar futuros; hormigas que alucinan con las luciérnagas. Protestamos vehementes, nos rebelamos, fracasamos y morimos desmembrados. Para renacer de nuevo intentando descifrar los códigos de esa mirada, tan breve como lacerante, que nos unge de miel y mar.

Somos de esa especie capaz de transmutarse en levadura o en argamasa. Priapistas o coribantes, según conviene. Sabemos que el sueño es el hermano de la muerte, y por eso rondamos a uno y a otra indistintamente. Hacemos cabriolas en la quilla de un destino que no nos corresponde. Y sumamos islas desiertas a cada naufragio.

Tenemos semidioses que murmuran letanías olvidadas, sacramentos arrebatados. Contamos con las aguas del diluvio, para que tenga sentido tanta arca. Sabremos, llegado el caso, surfear por el horizonte de sucesos. Al fin y al cabo, son los nuestros los túmulos de más enjundia, y son nuestras las aras sobre las que el incienso ciñe el talle de la concordia. Poseemos la piedra del certamen y los juegos. Y un buen día será de nuestro arco la punta que rasgará las ataduras.

Seguimos ahí, de pie entre las ruinas. Apostados ante el umbral, invocando la palabra de paso cada amanecer. Dispuestos a crecer con la epopeya. No lo olvides: somos nosotros los que sostenemos el mundo. Los que sonreímos cuando andamos quebrados por dentro.

Cuando cae el escenario, el tramoyista es el único que aprende.

SomosNosotros1-01

A vueltas con el fascismo y el antifascismo

La mayoría de los que señalamos como “fascistas” no lo son y a los que lo son les resbala. Para empezar ni siquiera es lo mismo ser de extrema derecha que ser fascista. Pero todos, especialmente la extrema izquierda y últimamente el independentismo, hemos banalizado el término hasta un extremo en el que todo es fascismo… lo que nos ha llevado por la ley del péndulo exactamente al punto contrario en el que “nada” es fascismo, y así han iniciado su avance nuevas hordas jalonadas por discursos pero que muy eficaces repetidos por pobres oradores. Y menos mal que no tienen líderes a la altura…

En el galimatías ideológico, por lo general poco fundamentado, equiparamos a Abascal, Trump o Putin sin ser conscientes de las enormes diferencias que les separan, pero sobretodo pasando por alto los profundos enlaces que les unen. Con el tiempo se estudiará el vínculo entre Duguin y Bannon, y su capacidad para adentrarse en el alma humana, pero mientras andamos la mar de entretenidos. Confundimos republicanismo con la izquierda, como si no hubiese –y bastantes- republicanos de extrema derecha. Estrechamos los marcos de nuestras entendederas, y no concebimos tampoco que se puede ser jacobino y centralista y de izquierdas, igual que se puede ser independentista y de derechas. Todos esos matices olvidados nos merman nuestra capacidad de análisis de la realidad, y ésta pugna siempre por salir a flote.

Hay una frase atribuida a Bertolt Brecht que dice algo así como “no hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado”. Sin entrar en la disputa por la paternidad de la afirmación, en su rotundidad se intuye una verdad que nos ayuda a abrir un poco el foco y mirar más allá de aquella visión marxista del lumpenproletariado como un grupo reaccionario. No parece que el arreón voxiano, a la luz de todos los análisis rigurosos, se sustente sobre las capas más bajas de los estratos socioeconómicos. Más bien se diría que es la baja burguesía, y la baja clase media, quien se aferra a la radicalidad nacional-católica para encontrar un asidero a sus múltiples miedos, complejos, desconfianzas y falta de ubicación. Si el futuro parece peligroso es tentador mirar al pasado. No son los que no tienen, sino los que tienen algo que perder, los que se aferran a esta peligrosa aventura para volver a poner las cosas en su sitio, que a saber qué caray quiere decir semejante cosa. La cuestión clave es comprender el cabreo de un votante de VOX, y tomar medidas para aliviarlo, antes que descalificarle llamándole fascista o racista. Señalando, insultando, lo perderemos para siempre. Aprendamos a conocer y mitigar el miedo, y a situar las salidas a los temores en un Estado fuerte y protector, que cuida por sus ciudadanos. El estado debe ser nuestra zona segura común, o todo el sistema entra en debacle, abriendo paso a oscuros tiempos.

Hace más por la gente, y contra el fascismo, una buena política redistributiva (y predistributiva) que cualquier soflama o manifestación supuestamente “antifascista”. No todo vale en nombre del antifascismo. Reventar un acto o hacer un escrache, llenarnos de manifiestos y eslóganes paulocoelhianos no sólo no va a parar este péndulo involucionista, sino que acentuará su movimiento.

Retomar la política de los consensos sería otra senda transitable, también de los imprescindibles y olvidados consensos entre izquierdas y derechas. Hay mucho más valor, mucha más épica, en el acuerdo que en el enfrentamiento. Tal visión de la política quizás ayude a mitigar el gran mal de la desconfianza generalizada.  Si lo políticamente incorrecto es utilizado eficazmente por los que nos quieren llevar al desastre, igual podemos probar con lo correcto, retornando a un parlamentarismo superior a la discusión tabernaria.

insultarnos

La ciutat és socialdemòcrata

Sento sovint, massa sovint potser, allò de les “ciutats neoliberals” com si fos un tot, un absolut, un accident meteorològic inevitable que converteix les urbs en un engendre que devora les persones. Evidentment hi ha una tendència orquestrada per tal que les ciutats esdevinguin generadores de nous beneficis per al capital financer i especulador. En aquesta perversitat hi cap des de l’especulació urbanística (i els seus fills postmoderns,  turistització i gentrificació) fins a la gestió de serveis públics (veure taurons de les finances reconvertits a gestors de serveis d’escombreries o residències de gent gran provoca esgarrifances), comptant de vegades amb la connivència de polítics de tot signe.

La socialdemocràcia és l’ideal enunciat per Kaustky, de fer desaparèixer amb un gran acord l’antagonisme entre explotadors i explotats, entre capitalisme i força del treball. A partir de la Segona Guerra Mundial, amb una visió més pràctica, la socialdemocràcia és la força que ha estat capaç de teixir una visió diferent de relacions entre el capitalisme i el socialisme, buscant enfortir la capacitat redistributiva de la riquesa, una fiscalitat progressiva i la xarxa de serveis i assistencial que coneixem com a Estat del Benestar. Com ens recordava en Francesc Trillas, és la formula política que ha garantit més benestar a més gent en la història de la humanitat. Avui el capitalisme financer ha trencat aquest acord, enfilant-se perillosament per una pendent d’explotació que pot esdevenir suïcida (la sobreexplotació de les classes populars minva finalment el consum…) per no parlar de les terribles conseqüències que estem patint a nivell de justícia social. Per altra banda, sorgeixen de nou moviments subversius d’extrema esquerra i d’extrema dreta, sustentats sobre l’onada de nacional populisme que s’estén a escala global.

Entre mig de tant voltor, com és que goso reivindicar la ciutat com un espai “naturalment” socialdemòcrata? Doncs perquè al final, com cantava Serrat, detrás està la gente. Sota totes les capes de pol·lució moral, hi ha la gent que fa la ciutat cada dia. Botiguers, taxistes, mestres, alumnes, pares i mares, avis… tots ells fan la trama, el mastodòntic però harmònic engranatge urbanita. Tots ells negocien i renegocien a cada pas les normes consuetudinàries de la nostra existència urbana. Són els constructors de l’egregor que fa possible que jo pugui enviar el meu fill a comprar el pa, que podem passejar amb tranquil·litat per les voreres, que malgrat tot visquem en un entorn de raonable seguretat i expectatives. Són els que fan, amb les seves mans, el disseny dels camins i itineraris que defineixen els barris per sobre de les fredes i irreals distribucions administratives. Són la pulsió viva dels nostres carrers.

Això genera un espai creador, col·lectiu, de transformació sostinguda i no d’insurrecció. La ciutat, al igual que la socialdemocràcia, és acord. És la negociació quotidiana de la convivència. Li cau molt bé a les ciutats el caràcter reformista d’alcaldesses i alcaldes, per tal d’aconseguir millores socials. La forma local de l’Estat, els Ajuntaments, deixen de ser instruments de dominació de classe com sosté la visió marxista ortodoxa i passen a ser els guardians privilegiats de l’interès general de la ciutadania, doncs la proximitat els defineix. Com va dir l’Eva Granados, la tasca dels socialistes “no es tracta d’assaltar els cels, sinó d’evitar que hi hagin inferns a la terra”.  Les nostres ciutat són immenses xarxes, grans projectes col·lectius inclusius de totes les diversitats. Per això són socialdemòcrates de mena.

kaustky

Al meu país hi cap tothom

Al meu país hi cap tothom. Hi cap la gent que vol tenir un estat propi, sempre que respectin les lleis o facin les reformes democràtiques necessàries per assolir el seu somni. Gent independentista que no fa de la identitat la seva militància. Gent que estima la terra, la llengua i la cultura.

Hi cap la gent que no vol la independència, però que veuen legítim que d’altres aspirin a tenir un estat propi. Gent unionista que no fa de la identitat la seva militància… Gent que estima la terra, la llengua i la cultura.

Hi cap també la gent com jo, que pensem que les reformes són imprescindibles, però que no considerem que tenir un estat propi solucioni res. Gent que sap que els estats i les lleis són artefactes humans i, per tant, són modificables. Gent que no creu que hi hagi presos polítics, sinó polítics presos, i que tant de bo estiguessin ja a casa a l’espera del judici que determini o no la seva culpa. Gent que procura que ni els uns ni els altres facin de la identitat la seva militància. Gent que milita en les identitats plurals de les societats plurals que ens ha tocat viure. Gent que estima la terra, les llengües i les cultures. Gent que estima la gent.

Hi cap també la gent que tot plegat se la bufa. Gent que ni milita ni militarà ni en identitats ni en ideologies. Gent que té la pàtria en els ulls dels seus fills, i la política monetària en els cambalaches per arribar a final de mes. Gent que estima pel plaer d’estimar, i es beu la vida d’un glop.

Hi caben també, of course, els intolerants de tota mena, d’estelada i d’aguilucho, els que tenen por i l’expressen assenyalant a l’altre, al pobre normalment, al diferent, a l’últim en arribar… Els que t’etziben i t’assetgen perquè en el fons les seves inseguretats els impedeixen dubtar, no diguem rectificar. Tots ells hi caben, tot que no estimin les gents, ni les llengües, ni les cultures, ni la terra. Procurarem, però, que no arribin a manar.

I hi caps tu, que no t’enquadres en res del que he dit. I tant que hi caps! La teva llum potser serà imprescindible quan en el meu país tota aquesta gent que hi cap no sigui capaç deposar-se d’acord en el més senzill: viure junts en pau i llibertat.

Cat_psicodelic

Así que la suerte era esto

 

“…Volver, pasados los años,
hacia la felicidad
—para verse y recordar
que yo también he cambiado.”

Gil de Biedma.

 

Dice la radio que hoy hay bote en no sé qué sorteo. Cuando compramos un número de lotería se pone en marcha el mecanismo del cuento de la lechera. Lo acariciamos en un ritual íntimo mientras nuestra mente divaga. Podemos incluso estirar absurdamente el momento tardando días o semanas para comprobar el resultado, en un afán enfermizo por postergar la llegada del desenlace. Procrastinamos el sueño.  Nos sentimos bien en ese limbo. De ahí el éxito de los juegos de azar.

Recuerdo a Alfredo Kraus sonando en el radio cassette del 127 de mi padre: “Con la fortuna me he desposado; buena compañía para ser soldado”. La Fortuna es mujer fuerte que no entiende de lamentos. Es más compañera de pendencieros que de llorones.

Nuestras historias, más o menos afortunadas, nos convierten en ríos de remansos, meandros y turbulencias. Será por eso que la diosa Tique, el equivalente griego de Fortuna, con el poder de decidir el destino de cualquier mortal, era hija de Océanos y de Tetis, titánide y diosa de las aguas dulces. Agua. Somos agua. Y nuestra suerte acuática.

Ensimismados tardamos en darnos cuenta de que ya nos tocó el gordo. Que la suerte era esto. La oportunidad de picar en la puerta del cielo, aunque se nos vete el paso. Haber llegado hasta El Umbral. No cantar victoria, pero sí tararearla con media sonrisa. Rescatar la rebelión. Contar con la clarividencia. Inventar palabras nuevas para lo nunca visto. Malversar besos y abrazos.

Es una suerte poderte mirar profundo como los ojos del primer hombre. Dibujar tu nombre con tierra y sangre en la penumbra de lo más profundo de mi caverna. Celebrarte. Rondarte. Imaginar cómo trazabas el número sagrado en la orilla, en un instante perdido en el tiempo.

Con toda esa suerte pude encontrar a mi musa detrás de una taza de café y tesoros, como los que guardan los mandiles de las abuelas. Pudimos hacer de unos instantes lugares privilegiados. Compartimos el pan y el vino, mucho vino, con los no vencidos. Desbrozamos juntos el ímpetu que revienta el pecho como si nada.

Así que la suerte era esto. Ver cómo sostiene la luz de tu mirada un día intenso. Soñarte . Bailar con tu siringa. Navegar en un barco de papel repleto de mis versos. Garabatear mi cuaderno de viaje. La suerte, como la vida, es una larga espera.

Fortuna