En defensa del Estado

Hoy los secuaces de Bannon arrecian en su bombardeo mediático. Van crecidos y exhiben ufanos  su pecho-pollo, henchido tras el episodio italiano. Tarantela lisérgica. Ebrios de victoria van, pescadores en río revuelto, sabedores  de que la superposición de dos crisis ha hecho presión sobre las grietas del estado del bienestar. La falta de expectativas, de un horizonte para nuestros hijos, el temor a que el ascensor social se atore, o baje unos pisos, hace que se incremente la percepción de inseguridad “inespecífica”, ese cenagoso poso donde se larva el miedo que lleva de manera natural al odio al diferente, al chivo expiatorio, al pobre de entre los pobres. Así se fragua una estrategia profunda, discreta y tenaz, auspiciada por los generadores de fakenews de la ultraderecha y los nacionalismos identitarios. El objetivo: desestabilizar el sistema para obtener el poder.

Para tal ceremonia de la confusión preside el ara el ídolo del bricolaje, del “hágalo usted mismo”: sea usted su propia policía, procúrese su propio médico, pague usted a sus hijos un prestigioso colegio, no sea que llegue el juicio final y a usted y su prole les toque en el bando perdedor. De ahí el pasmoso crecimiento de esa derechona pseudo libertaria. A ellos les da igual desballestar el estado del bienestar, les da igual el desprestigio de las instituciones (vean el espectáculo de los jueces), se revuelcan bien en el lodo argumental de las redes. Por eso entran con alegría en la subasta a la baja de los tributos, que irremediablemente merma al Estado su capacidad de garantizar el bienestar de las clases medias y trabajadoras. Les da lo mismo si se infantilizan los argumentos, si se distancia el ciudadano medio de las administraciones de las que dependen sus servicios básicos universales. La desafección no es un problema, es un objetivo. Están aquí para desmontarlo todo, y por eso parece que todo les resbala, porque es así.

El repunte de la preocupación ciudadana en relación con la seguridad es inducido y premeditado, así como la depauperización de los servicios públicos esenciales: degradar la sanidad y la educación, induciendo al común de los mortales a buscar lo que los ricos ya tienen, una opción privada. Imagínense los estándares de desprecio de las empresas suministradoras de servicios hacia sus usuarios, aplicados a los servicios públicos. No eres nadie si no eres premium. Y ya sabemos como acaba la historia: sin blanca para poder pagarte la insulina.

Mienten. Y lo hacen sin miramientos. Y sin vergüenza, porque hace tiempo que en sus laboratorios descubrieron que mentir no penalizaba. La realidad es aburrida, y exigente. La mentira es dulce y se acopla como un guante a lo que quiero oír. Desde siempre hemos coexistido con mercachifles que nos proponían el crecepelo infalible, pero en la época de la hipérbole el smartphone nos los cuela en cada comida familiar, en cada tertulia en el bar, en cada reunión del colegio…

Pero les doy una mala noticia. Mala para “ellos”, claro. Se equivocan quienes piensan que la ultraderecha campa o va a campar alegremente por Europa. Son una inmensa mayoría los gobiernos moderados en la Unión. Por lo menos 17 países cuentan con gobiernos que van desde el centro izquierda, al centro derecha. Y otrosí: los resultados siguen sumando un gran porcentaje de votantes de izquierda, en ocasiones dispersos, en otras directamente confrontados, pero muy importantes en número. Por lo tanto, guarden de momento las trompetas, que el apocalipsis todavía no llegó.

Son tiempos duros, incómodos para esa izquierda pijiprogre de los unicornios y el delirio woke, que haría bien en arremangarse. Tarde se han percatado de que todo el resto no puede ser nazi, facha y/o paleto. La izquierda que pide trinchera sólo para luchar contra el fascismo aburre, entristece y no recibe votos. Básicamente porque también miente, pero lo hace peor. Desde el buenismo o el fraccionamiento en mini-causas, pasando por su adanismo o la fascinación inexplicable por los nacionalismos periféricos, todo lo que aleje a la izquierda de las cosas del comer, de la redistribución de la riqueza, la erosiona terriblemente. El mundo no es twitter, por suerte.

El momento es grave, con un sistema democrático desprestigiado por errores propios y ajenos, en un panorama de importantes desigualdades. Un caldo de cultivo perfecto para que avancen los discursos del odio, el miedo y el resentimiento. Debemos detenerlos, pero para eso no hace falta gritar más fuerte, ni tenerla más grande (la pancarta, digo).

Vamos a contracorriente, y llegamos ligeramente tarde. Se hace necesario abordar las causas profundas sobre las que se sustentan  estos epifenómenos populistas. Y de ahí la defensa sin fisuras del Estado.

El Estado social debe ser nuestra zona de confort común. Debe contribuir a reducir los factores de vulnerabilidad a nivel individual y colectivo. No quiero buscarme la vida para estar más seguro, quiero que lo hagamos desde el sistema, con todas las garantías, para el bien común. La izquierda sin complejos levanta la bandera de la seguridad: una seguridad integral, que incorpora tanto la necesidad de mantener nuestra integridad material, física, psicológica, como la necesidad de mantener nuestra dignidad, nuestras expectativas dignas de futuro.

Frente al populismo fiscal, una fiscalidad más progresiva que beneficie a las rentas medias y bajas, en detrimento de las grandes fortunas. Un sistema impositivo cabal, progresivo y solidario. Respuestas moderadas, serenas, inclusivas y nítidas. Medidas que den respuesta a las necesidades sin polarizar, sin recorrer a posicionamientos histriónicos, sin postureos. Y sobre todo, sin ofrecer fórmulas mágicas y sencillas para problemas terriblemente complejos.

El Estado es la zona segura de los que no nos podemos permitir que la seguridad, la limpieza, la educación o la sanidad dependan de cuan llena suene nuestra bolsa. Unos buenos servicios públicos son la mejor protección de la clase media y trabajadora. Defender al estado es defendernos a nosotros, a nuestros mayores y a nuestros hijos.

Carta abierta a Raúl de Tomás. Más allá del acrónimo.

Permíteme la osadía, Raúl, de dirigirme a la persona más allá del acrónimo. Soy consciente de que es improbable que leas esto, entre la miríada de seguidores y el estridular mediático que acompaña tu oficio. Si por lo que fuera de entre todo ese runrún te topases con este texto, debo pedirte disculpas por opinar sin tener, en absoluto, toda la información pertinente. Has de saber que la pulsión que me mueve es un intento por contribuir desde esta humilde posición a que se dibuje un escenario positivo para ti y para el Espanyol. Esto es ya una declaración de intenciones: creo que el acuerdo y la reconciliación es el mejor de los marcos posibles para tus éxitos, actuales y futuros, aquí o donde te lleve tu carrera, y los del equipo.

No voy a entretenerme en recordarte lo que muchos te dirán y que tú sabes de sobras. Que formas parte de esa élite privilegiada que puede ganarse muy bien la vida haciendo lo que le gusta, además de granjear gloria, fama y estrellato. Me interesa más, si me permites, apelar al genio que llevas dentro, y que es a la vez causa y freno de tu progresión.

El genio es patológico. Bueno es irlo recordando a todos los papás y mamás que querrían que sus hijos fueran genios de las artes, el deporte o la ciencia. El genio no es fácil ni para sí, ni para quien le rodea. El genio es un destello, una mirada hacia arriba en medio de la planicie. Buenos jugadores hay muchos: pasión, esfuerzo, técnica, contactos…  todo ello puede producir más o menos en serie buenos jugadores desde laboratorios cada vez más sofisticados. Genios hay pocos, muy pocos. Y suelen quebrar las paredes de los laberintos, bien para ser leyenda, bien para acabar en el más triste de los destierros.

Toda epopeya necesita de un héroe, pero también el héroe debe identificarse y ser identificado con el conjunto de sus seguidores. El tránsito por segunda tuvo un nombre propio. Supiste picar piedra en las peores condiciones. Luego vino la extraña e irregular temporada en primera, donde seguramente se quebraron cosas que hoy afloran, aunque volviste a brillar hasta alcanzar el Zarra ex aequo con Aspas. Otro genio, por cierto, pero que ha sabido conectar con las profundidades del sentimiento celtiña. El egregor, la consciencia colectiva que se nutre de historia, valores y expectativas, requiere de personajes que lo cristalicen y lo representen, como símbolos. Capitanes, con o sin brazalete. La cuestión es si tienes lo que hay que tener para serlo.

Por mi trabajo he podido comprobar cómo las estrategias colaborativas son mucho más rentables, individual y colectivamente, que las competitivas. Es aquello de que si quieres llegar más rápido, ve sólo, y si quieres llegar más lejos, ve acompañado. En mi modesta opinión falta un gesto definitivo, que haga estallar el nudo gordiano, y que debe partir de la humildad y de la lealtad (el genio, el talento, que sería el tercer elemento, se te presupone). Humildad, suficiente para acercarse al otro con ánimo de aclarar las cosas. Lealtad a un equipo, a un compromiso más allá de un contrato. Transitar por el abismo también nos hace más grandes.

El héroe no es el príncipe, aunque a veces acontezca que una cosa lleve a la otra. El héroe no puede aislarse en su castillo. Va contra su naturaleza. Contra aquello que lo hace diferente. El héroe debe fundirse con una causa que le trasciende. No hay nada más adherente que la acción, y la acción es puro fuego. Siendo muy manida la comparación de los futbolistas y los gladiadores, creo que viene como anillo al dedo un diálogo de la película Gladiator, entre Próximo, un tratante de gladiadores y el héroe, Máximo:

Yo no era el mejor porque fuera ágil matando, era el mejor porque la gente me amaba. Gánatelos y ganarás tu libertad.

Me ganaré a la gente. Les ofreceré algo que jamás han visto.

Estamos hartos de CEOs, big data, IA y sofistas.  En estos tiempos oscuros necesitamos que nos expliquen una historia de caballeros de los de armadura brillante. Todo lo contrario a un culebrón. Son momentos críticos. Medita bien tus gestos, pero cuando los hagas, que sepas que todos estaremos mirando. Nos espera la épica del reencuentro. Vuelve, Raúl. Juntos haremos grandes cosas.

Un Espanyol de Schopenhauer

“Militia est vita hominis super terram” (Job 7:1)

Va dir l’altre dia el nostre estimat Sergi Mas, a l’estrena de l’aventura televisiva «21″ de l’Oriol Vidal a Esport3 (llarga vida al programa!), que l’entorn de l’Espanyol està impregnat d’un profund pessimisme. Però  com d’a prop estem els periquitos del mestre Schopenhauer?

Deia l’abanderat del pessimisme profund que “no hi ha cap vent favorable per qui no sap a quin port es dirigeix”.  I raó no li faltava. El nostre equip sembla en ocasions massa perdut entre Escil·la i Caribdis. Ens ha faltat determinació en moments clau. Fracassos fecunds però dolorosos ens han endurit. Ara, que sembla que la direcció vol cuinar a foc lent, un projecte consolidat que es projecti cap al futur amb més múscul, no són pocs els que s’ho miren amb ansietat. Costa de posar les llums llargues. “Poques vegades pensem en allò que tenim, però sempre en allò que ens falta”.

La filiació blanc-i-blava és també, com deia l’Arthur parlant de la filosofia, una elevada cota a la que només s’accedeix per un escarpat camí de punxegudes pedres i afilades espines. La redempció del perico és el cor i la voluntat: la força d’un sentiment, no hi ha millor lema.  

El pessimisme que exhibim amb orgull no és antagònic de la felicitat, ni gens derrotista. Nosaltres en sabem molt de la recerca infructuosa de la felicitat, i per això, quan arriba, la volem exprimir. Davant del felicisme pueril, enfront de l’imperatiu de la felicitat, nosaltres ens pixem a sobre dels tractats d’autoajuda i del mindfulness. No impedim l’entrada a l’alegria, faltaria més, però sí a l’il·lusionisme. Deixem els pamfletaris i ridículs exercicis d’optimisme buit per al nostre veí, en altra hora ric, ara enredat en la seva lisèrgica decadència, doncs sabem que “una vida feliç és impossible: el màxim a que pot aspirar l’ésser humà (perico sobretot) és a una vida heroica”.

El pessimisme realista de l’Espanyol no és una llosa que arrosseguem llastimosament, sinó una lluerna interior, una espècie d’instint ens impel·leix a l’acció. És clarividència feta de desenganys, que parteix de la precarietat per a superar els patiments. No pain, no glory, amigos!

El nostre pessimisme és candent, està permanentment a l’aguait, i ens insta a agafar les regnes enmig de la turbulència. Una voluntat sense principi ni final ens exhorta a l’acció, a no cedir, a avançar amb tot per on ens deixi la Fortuna. Tot s’hi inclou en el torrent del temps, i la nostra història està feta d’èpica. Que la felicitat no és regal, sinó conquesta. El pessimisme pot ser terapèutic, perquè és decapant i lúcid, revolucionari: més lluita, més convenciment i menys plors i queixes.

Vicente, ten fe

La gracia de la fe tiene la particularidad de no ser una cuestión que competa a voluntad de cada uno. O se tiene, o no se tiene. Sin embargo puede tenerse y perderse, o perderse y recuperarse, operando siempre con independencia de nuestros deseos.

Los pericos, de siempre, contamos con ese favor inmerecido. Pasamos mascullando media semana sobre alineaciones, sistemas y actitudes, y la otra media andamos fabulando con el cuento de la lechera: que si ganamos hoy nos ponemos a equis puntos de Europa. Quizás por ello no nos acaban de encajar los místers demasiado hieráticos, salvo aquellos que llevan la procesión por dentro, y no soportamos en absoluto a los agnósticos.

Una temporada de recién ascendido es propicia para contemporizar, ser resultadista, pragmático. Pero llegados al ecuador y vistos los mimbres del equipo y del cuerpo técnico, éste Espanyol puede y debe mirar hacia arriba. Hemos hecho los deberes. Hágase pues.

Vista la decadencia blaugrana, la pequeñez de sus andamiajes, el escaso señorío de sus desprecios, Vicente, hay que tener fe. Las condiciones son favorables. Necesitamos creer, es la condición del corazón perico. Cada partido es una promesa, aceptando el reto de ir más allá de lo establecido: somos los herederos.

Vicente, debes creer, que para eso tienes un nombre con etimología de vencedor (vincens). Puedes sentirte seguro, porque en medio de la vorágine, siempre habrá  un incondicional, llueve o truene, que es el apoyo de la afición. Más allá, se entiende, del estridular de las redes. Ella te garantiza su aliento en este propósito poderoso. Porque si algo sabemos los pericos, Vicente, es que la fe es necesaria para gozar de la esperanza.

Civismo y fútbol de barrio

Un domingo a las tres de la tarde, en unas instalaciones regulinchis cualquiera. Unas cañas y un bocata. Reencontrarnos todos con un “a ver qué pasa hoy”, entre expectante, resabido y escéptico. Entrenadores jóvenes que se desgañitan mirando de sacar lo mejor de ellos y de sus equipos. Los chavales, el porqué de todo esto, con una mochila de estudios, adolescencia, despertares, granos y primeras novias, y tres entrenos entre semana a los que asistir, por gusto pero también por compromiso. Son momentos cálidos. Veo ese tobillo izquierdo que atesora una finezza por explotar, y me emociono, porque el barrio gambetea por la banda. Es nuestro fútbol. Es pura verdad.

Tanto nos gusta que a veces olvidamos, todos, lo que quiere decir el futbol formativo. Los místers acaban siendo penitentes de comentarios cuñadistas, que como es sabido todos llevamos dentro un entrenado excelente, al que sacamos a pasear las tardes de partido para iluminar con nuestra sabiduría el mundo del balompié.

No falta tampoco la torpeza de quien no sabe que la presión a los chavales debe suministrarse con tino, con mimo y con mesura. Es minoritario, pero se hace notar. La berrea es impelida por frustraciones de otros lares, arrebatos de testosterona no bien resuelta, seguramente por falta de una canalización más vigorosa y placentera. Los críos más pendientes de las indicaciones de papá que del banquillo. Pero papá sigue gritando porque no sabe otra manera de gestionar lo que le pasa por dentro y por fuera. La sombra de Homer Simpson no es alargada, pero llega lejos, profundo.

Por supuesto todo bien regado también con improperios a los árbitros, como si estos fueran de otro planeta, como si no padecieran los horarios y las instalaciones. Como si no tuvieran bastante con sacar adelante con dignidad un partido, a veces bronco, siempre competido, sin asistentes, y con unos cuantos energúmenos empeñados en agriar la tarde al resto. Emociona escuchar al árbitro malagueño Andrés Giménez hablarles a los padres y madres sobre el “VAR de la honestidad”.  

Son muchos ya los esfuerzos de clubs e instituciones para conseguir que este espectáculo sea  un momento divertido en el que invertimos horas famílias, gestores,  directivas, entrenadores,… Estoy convencido del compromiso de los responsables con el civismo, como uno de los valores fundamentales del deporte. Hace falta que las familias sigamos también esa estela, y desterremos con firmeza determinadas actitudes, para que no se nos identifique con ellas, ni a nosotros, ni a nuestros hijos e hijas, ni a nuestros clubs, en una sinécdoque injusta y pegajosa.

El futbol de barrio es lugar de encuentro, intercultural, de cervezas y amistades, inclusivo… un espacio de socialización diferente que sirve también para romper estigmas. Para forjar talento. Para templar talantes. Para demostrar que el barrio, cuando nos sale, puede ser vehemente, pero es ante todo esfuerzo, compromiso, civismo, orgullo y respeto. Algo que se escapa del laboratorio. Cuidémoslo.

L’Espanyol, en positiu (2): preparats per al sorpasso?

I si fos enguany? Escric aquestes línies després de la tercera jornada de Lliga, d’un mal partit a Mallorca. Ho dic per què potser no és el millor moment per fer volar coloms, però… i si sí? Pot l’Espanyol fer el sorpasso al totpoderós Barça? Es donen algunes condicions favorables, arrel dels símptomes de depressió i del deteriorament econòmic i d’imatge que afecta l’etern rival per diversos casos esportius i extraesportius (veure el magnífic informe publicat per Reputation Republik) però la qüestió que voldria dirimir ara és si els pericos, institució i afició, acomplim alguns dels requisits per fer-ho possible. Crec que podem tenir una plantilla prou competitiva com per estar entre els 10 millors de la Lliga, però atenent a l’axioma “el futbol és un estat d’ànim”, considero que és precisament en l’àmbit de la predisposició anímica a on ens podem treure els complexes i mirar cap amunt.

Per no ser titllats de babaus, cal reconèixer d’entrada dues premisses bàsiques: 1) Es tracta d’una empresa difícil. L’any que jo vaig néixer, i d’això creieu-me que ha plogut, ens vam quedar a un puntet d’agafar-los. Vam fer tercers. I la darrera vegada que vam assolir aquesta fita a la classificació, la 86/87, encara ens van treure 6 punts… Ens hem de remuntar fins a la 41/42, en plena postguerra, per trobar la darrera vegada que els vam passar per davant (ells van quedar a la posició 12, i nosaltres vam ser vuitens). 2) Encara que no quedi molta gent viva d’ençà per recordar-ho, el fet que hagi passat vol dir exactament això: que és una opció possible. Més enllà del possibilisme condescendent, les coses “són com són”, sí, excepte en alguns moments màgics que trenquen els esquemes, els apriorismes… Beneïts els accidents que, contra tota lògica, fan moure les parets dels laberints.

Caldrà, però, tota la nostra determinació si volem escriure una història que valgui la pena ser contada. Haurem de superar la necessitat d’afirmar-nos per la negació de l’altre, cremar els complexes, invocar les paraules oblidades. Esdevenir campions per dintre, com a requisit per ser-ho cap a fora.

Tinc la impressió de que la pericada, inclosa la directiva, ens perdem la meitat de la festa sense sortir de la nostra zona de confort. Se’ns dóna molt bé queixar-nos, i demanar disculpes… La cartografia de qualsevol transformació es dibuixa assumint reptes. Hem de voler, veritablement, posar proa a un itinerari incert, cavalcar el centaure, permetre que la causa blanc-i-blava ens arrauleixi. Misteri poderós que ens xiuxiueja, a cau d’orella: “les condicions són les propícies”.

Punt d’inflexió d’infinites noves possibilitats, que destrossa els laboratoris i col·lapsa els sistemes. Moments que fecunden els mites que explicarem als nostres nets. L’èpica, que ens fa recordar que existim amb personalitat pròpia, en una lluita de 120 anys. L’èpica, que ens aporta situacions commovedores, vitals, per aquests temps foscos. Hem de sentir orgull per aquesta epopeia: una vibració al voltant de les causes perdudes, quelcom que exerceix una estranya i poderosa atracció.

Necessitarem d’aquest coratge, però també rigor i audàcia. Rigor, per portar l’exigència al límit, des dels despatxos al vestidor, passant per la grada. L’audàcia, que haurà de ser ritualitzada en forma d’ofrenes propiciatòries per agradar als oracles moderns, als deus del branding, la demoscòpia i la mercadotècnia. El sorpasso és també una qüestió de reputació.

Haurem d’estar preparats per oferir quelcom diferent. Un club plural, implicat a la vida social del país, que no entra al drap de les guerres de banderetes, que exerceixi un lideratge al futbol català alternatiu a l’estil extractiu i prepotent del nostre veí ric de Barcelona. Això implica ser capaços de bastir estratègies col·laboratives amb d’altres clubs catalans (un bon exemple és la cessió d’en Pol Lozano al Girona, bona jugada).    

Acostumats com estem a navegar entre Escil·la i Caribdis, entre tempestes i interminables dies rúfols a les temporades grises que de tant en tant ens toca viure, a l’Espanyol col·leccionem impactes de batalles. Això ens ha fet forts, però també ens ha enterbolit l’horitzó.

No tenir expectatives és dolent, però pitjor és que allò que pots albirar et generi temors del més enllà, desconfiança davant de les incerteses de l’altre costat. En la construcció erràtica i contradictòria del nostre club potser s’ha arribat a un d’aquests punts en els que els dics esclaten, en un desbordament que generarà canvis torrencials. El perico haurà d’esperonar-se, i tornar a ser el felí que li dóna nom. Només així passarà de l’espera a l’aguait, i podrà llençar-se per atrapar l’ocasió, Kairos. Per alguna cosa els antics la representaven calba pel clatell. Si passa ja mai més la podràs agafar.

Viure l’Espanyol, en positiu

L’herència més gran que tinc del meu pare és ser perico. La transmissió paterno-filial, en això, com en d’altres coses, és el més fort dels vincles, perquè aporta veritat i fidelitat incondicional en aquests temps moderns tan líquids i convulsos.

Els pericos som l’excepció. Els nostres colors són una causa. Aprenem allò que en diuen ara “resiliència” de ben petits, a l’escola o jugant al carrer. Quan tots volien ser Laudrup, jo deia que millor Lauridsen. I així, amb l’ajuda de les mirades d’incredulitat dels que ens envolten, anem entenent que som un inesperat succés, una posició contracultural. Una meravellosa minoria, sí.

Però el tracte amb d’altres amants de l’Espanyol també té els seus racons foscos. A base de sobreviure en ambient hostil, la pericada de vegades cau en el parany del victimisme o, pitjor encara, de l’autocrítica caïnita. És com si, davant d’esdeveniments adversos, prenguéssim l’actitud de dir “el món ens odia” o “som un desastre”.

A l’extrem dels calimeros blan-i-blaus, en trobem les particulars expressions de queixa i laments, justificades sense dubte per la dificultat de sobreviure a la dictadura mediàtica nacional-barcelonista, que també pateixen, no ho oblidem, Joventut de Badalona, Sabadell, Nàstic o Girona. Però la queixa no ens traurà de l’atzucac. És temps d’alçar el cap i fer-nos valdre a les institucions. Catalunya, com ho van entendre fa molt de temps Madrid, València, Euskadi o Andalusia, és i ha de ser molt més que un club. I això, tot i que no ho entenguin a la primera, també afavorirà al totpoderós Barça. Òbviament encadenar quatre o cinc campanyes esportives d’èxit dintre de les nostres possibilitats en aniria bé per reforçar l’autoestima, i reivindicar un altre tracte. El costat sinistre d’aquest extrem addicte a la queixa és l’odi. Passa sovint que la gent acomplexada tendeix a l’odi com a refugi. D’aquí que una part de l’espanyolisme es defineix per una animadversió malaltissa envers el Barça.

No tenir diners no és el mateix que ser pobre. Ser pobre d’esperit és celebrar les derrotes dels altres, cridar “puta Barça” i “puta TV3” quan tens alguna fita pròpia. Aquí no em trobareu mai. Sóc perico, però mai no he sigut anti-culé. N’hi ha coses i moments de la història futbolística del Barça (per exemple, el dream team, o l’etapa Guardiola) que crec que són grans contribucions al futbol, i a casa hem gaudit molt amb Ronaldinho al Bernabeu, o les jugades estratosfèriques d’en Messi. Faltaria més. Ens agrada el futbol.

L’altre extrem de l’espanyolisme és la terrible pulsió autodestructiva. Ja sabem que, com sempre ha passat, tots portem un entrenador a dintre, o un director esportiu. Però el cas és que avui, com mai, tothom té un altaveu al seu abast a les xarxes socials per tal de fer-se sentir més enllà de la barra del bar amb l’escuradents a la boca. I mires les xarxes o sents els comentaris i caram… Es diria que estem més pendents de tirar-lo tot per terra que de generar un bon ambient. Hem de mirar el futur amb optimisme, i al passat amb orgull, des de que aquell grup d’estudiants de la UB van fundar el nostre club fa més de 120 anys. Seguim tenint un bon futbol base, i surt bon material de la pedrera, tot i l’exercici extractiu del ric veí barcelonès. Tenim els comptes sanejats gràcies a Mr. Chen. Encarem una nova etapa a primera divisió havent mantingut el nucli del grup que ens va baixar, sí, però que també ens va tornar a on havíem de ser, i amb un entrenador i un cos tècnic que han sapigut manegar psicològicament el planter.

D’altra banda, és per sentir-se orgullós com s’ha posicionat el club quan les tensions polítiques del país estaven en el seu punt àlgid, mantenint una escrupolosa neutralitat i fent de l’esport el nostre únic objectiu, com deia l’antic himne. Conec alguns culers que en això, com a mínim, ens miren amb una certa enveja.

El futbol és un espectacle, sí. S’ha de gaudir. I també si voleu un estil de vida. I també llavors s’ha de gaudir. Sembrar odi, lamentar-se contínuament o criticar-ho tot no semblen maneres de passar-ho bé. Miro d’esquivar els tipus tòxics d’afició, i tant de bo ens comencem a fer sentir aquelles i aquells que volem viure l’Espanyol en positiu. Els que volem hores d’ara oferir el nostre suport incondicional als jugadors i al cos tècnic. Ja vindran temps d’analitzar els resultats, però ara han de notar el nostre alè. Només així podrem somiar algun dia, de veritat, amb un Espanyol gran, potser tan gran com per fer “el sorpasso” català, amb els colors blanc i blaus que lluïa al blasó l’almirall Roger de Llúria…

El año del casi

Cumplir 49 es un quiero y no puedo. Demasiado mayor para muchas cosas, demasiado joven para tantas otras. Todavía no me he vacunado, por ejemplo, pero sí fueron abandonadas hace lustros las veleidades de la juventud, al menos tal y como las definen los clichés. Y menos mal. Falta además el dígito, la solera de la péntada, ese 5 que marca. Hoy empieza la vuelta 50 al sol, pero sólo cuando la culmine se incorporará el sagrado número a mi particular marcador, como un sello de calidad. Mientras tanto, un limbo, un absurdo, el año del casi.

Casi 50 será el mantra más escuchado. Será también el año en el que casi recuperaremos la normalidad, esa cosa antes denostada por supuestamente anodina, y hoy añorada. Tendremos también casi un indulto que (casi) tranquilizará de una vez por todas el panorama político catalán. Ni caso. Perdí todo atisbo de credibilidad. Casi se romperá el gobierno progresista de España muchas veces, pero sólo casi para el casi aspirante Casado. Ante el arreciar de la crisis, casi seremos conscientes de que no podemos dejar a nadie atrás para que casi a todos nosotros nos vaya un poco mejor. Casi nos olvidaremos de la importancia de la sanidad y de la educación públicas (ahí estaremos para recordarlo). Casi ganarán los de siempre, pero ese “casi” abre un infinito de posibilidades que les hace zozobrar.

Casi perderé el rumbo y lo recuperaré mirando las estrellas. Casi transitaré de nuevo el ara y los inciensos. Casi me tocará la lotería. Casi me emocionaré mil veces viendo a los hijos crecer, irreverentes, inquietos, ilusionados. Casi entenderé la magia de tus ojos de miel y mar. Casi recorreré el túmulo de los secretos, las costas luminosas y los manglares. Casi se estará poniendo el sol mientras nos abrazamos de nuevo.

¿Sabéis una cosa? Casi tengo ganas, después de muchos años, de llegar para poderlo celebrar con todos vosotros. Doy una vuelta y vuelvo en un momento.

Nos roban la libertad

Las palabras se pueden ordeñar. Obtenemos así las representaciones, guías de conducta, filtro de percepciones y escala de posibilidades. Un inmenso poder, el de las palabras. Por algo quedó dicho “en el principio era el Verbo”.

También las palabras se pueden secuestrar, emparedarlas en un zulo semántico, limitar su vuelo. Ajustamos así su reverberación y anclamos sus efectos a los marcos que nos convienen. Laboratorios de la simonía extienden estas prácticas, desde la publicidad hasta la política, en los ajetreados confines del discurso persuasivo. Brainwashing.  Come-cocos.

Quizás a parte del amor, la palabra más magreada sea libertad. Cuántas veces nos explicaron que la libertad era conducir un 4×4, volar en ala delta o una buena línea de telefonía móvil. Amasada y retorcida, prostituida, pero aun así manteniendo toda su capacidad de evocación. Hubo un tiempo en el que su mención iba asociada a un horizonte compartido.

Los nigromantes del nacional populismo anhelan su poder. En la oscuridad sus bots murmuran hechizos para capturarla. En Cataluña, con la retahíla procesista, ya construyeron una narrativa de derechas, reaccionaria, alrededor de la palabra “llibertat”. Se subieron a la ola del trumpismo antes que Trump. La adoptaron como palabra de paso para sus desmanes, pues aportaba la luz necesaria para ir de farol, alimentaba las ansias de aventurillas de los pijiprogres y enlazaba con utopías a lomos de unicornios con helado de postre. La propia Laura Borrás, símbolo de ese nacionalismo iliberal, no dudó en aparecer el día de su elección como Presidenta del Parlament de Catalunya con una mascarilla adornada con los versos de Margarit sobre la libertad, el poeta  vilipendiado en vida por formar parte de esa Catalunya plural que no les compra sus argucias. Sin vergüenza. Todo vale. También Trump pretendía erigirse en adalid de la libertad, esa libertad que luego hace que no tengas para pagarte la insulina.

Ahora la derechona casposa ha engendrado una nueva criatura de mirada torva y voz de Heidi al salir del after. Una candidata hecha a medida de los tiempos que corren, observada con complacencia por sus creadores, que coñac en mano comentan lo ida que está, y lo bien que les va.  Antes de que sea otro juguete roto de sus compadreos, esta community manager perruna estira el mantra “socialismo o libertad”, a sabiendas de que su libertad es un sálvese quien pueda, una pelea fratricida de pobres contra pobres a mayor gloria de la derecha identitaria. Su libertad tiene un componente de clase: unos mansos para que otros sean libres, si puede ser los de siempre, mejor. Lo que te ofrecen es privatizar servicios esenciales, a manos de sus amigos, recortar lo que se pueda el estado del bienestar y que te busques la vida. El mismo juego que en Catalunya, las mismas armas, la misma retórica pseudo revolucionaria para ocultar la más reaccionaria de las agendas. Por lo menos en Madrid no tienen a una parte de la izquierda encandilada blanqueando así su apuesta clasista y supremacista. Sus frames, los ornamentos de los discursos del nacionalismo central y periférico, son complementarios. Se necesitan. Se retroalimentan.

Pero aquí abajo, abajo, cerca de las raíces como decía el poeta, somos libres cuando nos movemos sin estorbos, internos o externos, hacia el bien. Cuando algo más grande que nosotros nos trasciende, cuando fundimos nuestro ego al calor de una causa, entonces los pobres somos libres. Para nosotros la entrega es libertad. Liberémosla.

El año que nos cambió

Hoy hace un año andábamos perplejos. Los que no habíamos caído en la locura del papel higiénico nos habíamos reído de la posibilidad de una pandemia que, a la postre, lo cambió todo. Había salido Pedro Sánchez a proclamar con cara de acontecimiento histórico el estado de alarma. Algo me estremeció por dentro con las imágenes del Presidente. Así como los deportistas que se lesionan de verdad no hacen más aspavientos que los requeridos por el dolor del momento, los días históricos de verdad vienen casi sin anunciar. La semana anterior me la pasé hablando con los asustados miembros de la comunidad china de Santa Coloma, intentando convencerles de que llevaran a sus hijos al colegio, mientras me miraban con incredulidad.

Recuerdo que era domingo, y nos hicimos la primera barbacoa de la temporada. Al acabar caí en una siesta absurdamente intranquila, de la que me desperté con un tremendo dolor de cabeza. Al día siguiente tuve fiebre…  me tocó pasar un mes confinado en mi habitación.

Tuve suerte. La cosa no fue a mayores y no requerí de hospitalización. Una llamada cada cuatro o cinco días de mi centro de salud, paracetamol y p’alante. Preocupación, desorientación y sueños lisérgicos. Lo que entreveía por la puerta entornada me anclaba a la realidad: mi mujer, mis hijos, aplausos al atardecer… Aquel episodio en lo personal acabó el lunes de pascua, pero en lo colectivo deja cicatrices profundas y heridas que todavía hoy están por mostrar su gravedad.

Aprendimos la importancia de la palabra burbuja, a convivir con el toque de queda, a no tocarnos, a posponer encuentros y abrazos. Aprendimos que hay cosas irrenunciables, entre otras contar con los tuyos, un vino al atardecer, la solidaridad, la inversión en una sanidad pública de calidad, y otras prescindibles completamente.  Nos hemos descubierto frágiles, mucho más de lo que nos enseñaron. Las grietas de nuestro sistema del bienestar han dejado entrever nuevas y mayores desigualdades. Y detrás acecha la pobreza, la marginación, y sus consecuentes discriminaciones e injusticias. Sabemos de la importancia de la interdependencia y la colaboración. Sabemos que nos podemos poner de acuerdo para hacer cosas, desde aplaudir a las 8 a nuestras heroínas y héroes, a llevarle a los que peor lo estan pasando una ración de comida. Volvimos a creer en la fuerza de la gente que mueve los barrios, y nos inventamos un falso verano para poder ir tirando. Y luego alguien habló de salvar la Navidad, y nos lo creimos porque ya nos lo creemos todo. Todavía no somos conscientes de hasta qué punto nos ha marcado pasar por esto. Al mirar atrás hay algo que recorre el cuerpo, como una sombra, como un chasquido… Hoy anticipamos el final, ansiosos, porque lo que no aprendimos, ni aprenderemos, es a esperar.