A vueltas con el fascismo y el antifascismo

La mayoría de los que señalamos como “fascistas” no lo son y a los que lo son les resbala. Para empezar ni siquiera es lo mismo ser de extrema derecha que ser fascista. Pero todos, especialmente la extrema izquierda y últimamente el independentismo, hemos banalizado el término hasta un extremo en el que todo es fascismo… lo que nos ha llevado por la ley del péndulo exactamente al punto contrario en el que “nada” es fascismo, y así han iniciado su avance nuevas hordas jalonadas por discursos pero que muy eficaces repetidos por pobres oradores. Y menos mal que no tienen líderes a la altura…

En el galimatías ideológico, por lo general poco fundamentado, equiparamos a Abascal, Trump o Putin sin ser conscientes de las enormes diferencias que les separan, pero sobretodo pasando por alto los profundos enlaces que les unen. Con el tiempo se estudiará el vínculo entre Duguin y Bannon, y su capacidad para adentrarse en el alma humana, pero mientras andamos la mar de entretenidos. Confundimos republicanismo con la izquierda, como si no hubiese –y bastantes- republicanos de extrema derecha. Estrechamos los marcos de nuestras entendederas, y no concebimos tampoco que se puede ser jacobino y centralista y de izquierdas, igual que se puede ser independentista y de derechas. Todos esos matices olvidados nos merman nuestra capacidad de análisis de la realidad, y ésta pugna siempre por salir a flote.

Hay una frase atribuida a Bertolt Brecht que dice algo así como “no hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado”. Sin entrar en la disputa por la paternidad de la afirmación, en su rotundidad se intuye una verdad que nos ayuda a abrir un poco el foco y mirar más allá de aquella visión marxista del lumpenproletariado como un grupo reaccionario. No parece que el arreón voxiano, a la luz de todos los análisis rigurosos, se sustente sobre las capas más bajas de los estratos socioeconómicos. Más bien se diría que es la baja burguesía, y la baja clase media, quien se aferra a la radicalidad nacional-católica para encontrar un asidero a sus múltiples miedos, complejos, desconfianzas y falta de ubicación. Si el futuro parece peligroso es tentador mirar al pasado. No son los que no tienen, sino los que tienen algo que perder, los que se aferran a esta peligrosa aventura para volver a poner las cosas en su sitio, que a saber qué caray quiere decir semejante cosa. La cuestión clave es comprender el cabreo de un votante de VOX, y tomar medidas para aliviarlo, antes que descalificarle llamándole fascista o racista. Señalando, insultando, lo perderemos para siempre. Aprendamos a conocer y mitigar el miedo, y a situar las salidas a los temores en un Estado fuerte y protector, que cuida por sus ciudadanos. El estado debe ser nuestra zona segura común, o todo el sistema entra en debacle, abriendo paso a oscuros tiempos.

Hace más por la gente, y contra el fascismo, una buena política redistributiva (y predistributiva) que cualquier soflama o manifestación supuestamente “antifascista”. No todo vale en nombre del antifascismo. Reventar un acto o hacer un escrache, llenarnos de manifiestos y eslóganes paulocoelhianos no sólo no va a parar este péndulo involucionista, sino que acentuará su movimiento.

Retomar la política de los consensos sería otra senda transitable, también de los imprescindibles y olvidados consensos entre izquierdas y derechas. Hay mucho más valor, mucha más épica, en el acuerdo que en el enfrentamiento. Tal visión de la política quizás ayude a mitigar el gran mal de la desconfianza generalizada.  Si lo políticamente incorrecto es utilizado eficazmente por los que nos quieren llevar al desastre, igual podemos probar con lo correcto, retornando a un parlamentarismo superior a la discusión tabernaria.

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