Barcos de papel

Somos barcos de papel. Nuestro pliego otrora atesoró versos, susurros, pactos, promesas… vivencias, hasta allá donde nos vuelan las palabras. Serendipias secretas.

Fragmentos de todo ello adornan nuestro casco, tan frágil. Todo es frágil, pero flota. Sólo el marinero avezado descifra en cada doblez la moraleja que corresponde a un relato que cabe en un capítulo, pero explica inmensidades. Surcamos la corriente pensando que capitaneamos la nave. Ilusos. Imaginamos que influimos en la velocidad, escalas o destino. Nuestro astrolabio toma por estrellas  el brillo de tus ojos, ese fulgor indescifrable entre la miel y el mar. En tu mirada siempre cupo un océano. Queremos ver, en el universo segregado, no se qué alineación de los astros.

Riela la luna en ese lugar privilegiado entre ríos, ése que nos hicimos a medida. Ponemos así proa al itinerario incierto. Aprovechamos la marea, la vida mundana, los balnearios. El reflejo de nuestros deseos deja un tenue olor de jazmines en la almohada. Escribo en tu espalda que todo es posible. Dibujo mapas de poder para rondar por ahí, para rondarte como nadie.

Recuerdos que saturan el oleaje, que suturan los rotos cotidianos. Efímeras corrientes que ponen pulso a nuestro viaje. Brisas que rompen la quietud de las aguas, exaltando brillos dispersos y aleatorios que parecen escapar en la superficie.

Y así nos empapamos de pura vida hasta que las fibras y la tinta se disuelven, se hacen uno. Entonces somos río, y nuestra historia eterna.

 

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Te bloqueo (y hago mi mundo más pequeño)

La mejor metáfora sobre la blogosfera a mi juicio la emitía Rogelio Bernal hace más de 10 años: una inmensa sala llena de espejos, por lo que mires donde mires siempre ves a la misma gente, aunque parece que hay mucha. Y la sala parece mucho más grande de lo que es… Bien, hagamos extensiva esta provocadora imagen al conjunto de las redes sociales.

En efecto, generamos microuniversos rodeados de amigos virtuales y seguidores. Los algoritmos ya se encargan diligentemente de que veamos sólo a personas con las que interactuamos, o tenemos una mayor afinidad. Lo que decimos es aplaudido por nuestro entorno acomodado y eso nos provoca una placentera experiencia, con la palurda sensación de que el mundo nos mira y nos admira.

El caso es que últimamente hemos podido observar, al hilo de cualquier acontecimiento, que hay usuarios que deciden “bloquear” o eliminar contactos y seguidores que hayan tenido una respuesta que no cuadra con su esquema de valores. Así, expresiones como “hoy he borrado a 4 fachas de mi lista de amigos” o “¿comentario machista? Pum! Bloqueado”, se han generalizado, expresando limpiezas deontológicas en las redes sociales. Estas razzias son efectivas para homogeneizar aún más el espectro de personas con las que nos relacionamos y el tipo de opiniones que leemos. Proporcionan pues un doble placer: todo es más acorde con nuestra manera de pensar (el mundo y yo estamos de acuerdo) y… de manera más perversa, permite ejercer el poder… sí, el poder de borrar del mundo, en este caso de nuestro mundo virtual, aquello que nos parece malo y deleznable. Onán y Narciso se dan la mano. Siendo así las cosas no extraña demasiado cuando el personal abducido por el poder hipnótico de las redes se despierta una mañana con un acontecimiento o resultado electoral, que va en contra de lo que “su” espacio de relación virtual parece que dicta. Disrupción en el paisaje prefabricado. Estupefacción. Una mirada perdida, teléfono en mano. El abismo existencial que tienen todos los despertares.

Porque aquí viene la mala noticia para los maniqueos: el mundo sigue siendo como es, y las redes sociales reflejo de ese mundo. Siempre habrá una vía de agua que nos enturbie el panorama acolchado que nos hemos querido fabricar. Y lo más increíble: es mejor y mucho más interesante así. La vida es maravillosa con sus trampas y sus desgracias, así como el mundo es mucho más incentivador con buenos y malos (porque ni unos son tan buenos ni los otros tan malos), con fachas y pringaos… No sólo porque así ves lo que piensa “el enemigo”, sino porque en ocasiones otra manera de ver las cosas, otro enfoque, te arrea un toque en mitad de la mollera que abre sendas y perspectivas inauditas. La diversidad tiene un empuje transformador.

Los que hemos tenido la suerte de pasar por instancias socializadoras que te obligan a relacionarte con gente diversa, con la cual no hubieses coincidido seguramente en la vida, nos hemos podido enriquecer con relaciones insospechadas y encuentros improbables.  Compañeros de trabajo, madres y padres de la escuela de nuestros hijos, por ejemplo, con los que a priori tienes poco en común, pero que acaban siendo amigos de esos escasos y atorrantes, a los que cantaba Serrat.  Entornos heterogéneos que evolucionan al margen de nuestra miope voluntad, que nos dibujan nuevos matices, que nos alimentan el alma.

Si hubiese borrado de mi agenda a todo aquél que ha hecho un comentario inapropiado, me hubiese perdido fecundas lecciones de historia, visiones poéticas del mundo, laberintos iniciáticos, consejos profundos soltados sin ton ni son… Si hubiese hecho mi mundo más pequeño, podría no haberte conocido a ti, sí a ti, y habría sido una lástima…

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Hay que matar a Homer: Modelos positivos de masculinidad

¿Sabéis cuántas veces he pasado por delante de una tienda de ropa para niños y me he parado por si encontraba una oferta interesante para mis peques? Exacto: ninguna. Empiezo así por dejar claro que quien escribe no sobrevuela alegremente el limbo de las buenas intenciones. No puedo ponerme estupendo, vamos.

Como en otras cuestiones, en las relaciones de género soy más partidario de la equidad que de la igualdad. “Entre todos lo haremos todo” suele ser mentira directamente, o es la antesala de un lío descomunal. Así pasa en cualquier tipo de organización, y la familiar no es ajena a tal principio. De lo que se trata es de cómo repartimos el juego, sabiendo que no siempre, ni en todos los aspectos, este reparto puede hacerse al 50%. Juegan las habilidades y disponibilidades de cada uno, los simbolismos y las ganas. El resultado final, tomado en perspectiva, es lo que debe ser armónico…. Porque de lo contrario condicionará en negativo los biorritmos y el desarrollo de los participantes en otros ámbitos de su vida. Muchas madres os pueden explicar lo que significa definirse únicamente en su rol cuidador, dificultando algo tan necesario y tan “normal” como tener aficiones que otorguen fuentes alternativas de auto-estima, de valoración y de contactos sociales, y permitan a veces utilizar y desarrollar nuevas competencias o simplemente airearse.

La distribución de cargas y tareas forman parte de ese entramado más complejo que cimenta la convivencia. Y ésta no es estática, sino fruto de una negociación constante, más o menos explícita según el caso, en la que paradójicamente algunos aspectos se van enquistando con el tiempo y dándose por hechos. Así, encontramos aberrantes desequilibrios en la distribución de las labores asociadas con la crianza de los hijos o la logística familiar.

“A mediados del siglo XX, los hombres se definían principalmente en relación con su trabajo profesional, y las mujeres, confinadas en el espacio doméstico, se definían y eran definidas por su rol doméstico, incluso cuando también ejercían una actividad profesional.”(1)

A pesar de las pequeñas evoluciones observadas, la articulación de la vida profesional y familiar evidencia una desventaja de las mujeres, confirmando la persistencia de la atribución prioritaria del trabajo reproductivo a las mujeres y del trabajo profesional a los hombres. Tales desequilibrios generan territorios ajenos y hostiles a quien decide que le son extraños. En parte voluntariamente muchos padres se quedan fuera de juego, mientras observamos mujeres con sendas responsabilidades profesionales, que portan sobre sus espaldas también el peso de la cotidianeidad.

El problema no está en los trogloditas, ni en las mujeres soberanamente machistas, que siempre estarán ahí. El problema radica en la masa de hombres aparentemente concienciados, pero que todavía no hemos reclamado nuestra identidad, a través de modelos positivos de masculinidad vinculados a aspectos como la logística familiar y la crianza de los hijos. Tardamos en reclamar la importancia de la implicación de los padres en el cuidado de los niños; la búsqueda de una mayor presencia activa durante los primeros años. Tardamos en hacer propias las reivindicaciones sobre las dificultades de conciliación de la vida familiar y la laboral tras el nacimiento de un nuevo hijo. Tardamos ya en afirmar la voluntad de dar forma a un modelo de paternidad diferente.

Porque a la que nos descuidamos estamos haciendo el Homer Simpson. Al fin y al cabo, el modelo más extendido de masculinidad en medios y redes es el de una quasi persona, inútil en la gestión de los sentimientos, superada por cualquier cuestión vinculada con la crianza, enganchada a sillón y mando, que sólo es feliz en una barbacoa dándoselas patéticamente de espalda plateada, cerveza en mano, alardeando de unos arrestos que no demuestra. Ese es el modelo de masculinidad imperante, el que nos venden día sí y día también en las comedias televisivas. Nos marca la línea a superar. Y es evidente que el trayecto sólo es posible si viene convenientemente balizado, primero, por nuestra propia voluntad de ensanchar nuestros horizontes. También por parejas, compañeras y compañeros, que permitan escaramuzas en terrenos que hasta ahora nos habían resultado extraños, sin que estos parezcan hostiles.

La geografía de estos terrenos a conquistar se compone de espacios simbólicos que están ocupados o han sido atribuidos de forma preferente a las mujeres, de manera permanente o en función de la hora del día. En nuestros barrios, los espacios destinados a los niños (parque infantil, AMPAs, entrada o salida de las escuelas…) se encuentran abrumadoramente feminizados. Algunos padres encuentran dificultades para relacionarse con grupos y redes de madres en la escuela o en el barrio, una especie de  resistencia de algunas mujeres a la presencia de hombres en sus grupos. La presencia de un hombre en según qué tiendas, en función de los productos en venta o del momento del día, solo o con sus hijos, puede resultar todavía hoy chocante. La configuración sexual de los espacios públicos, haciéndose de los espacios dedicados al cuidado de los niños espacios femeninos, como por ejemplo, la disposición de los cambiadores en baños para mujeres, permite reafirmar las normas de género. Algunos profesionales en el sector de la infancia (enfermería, profesores, pediatras) siguen considerando a la madre como persona de referencia…

En casa se sigue confundiendo a papá con Homer, poniendo en cuestión la capacidad  para cuidar correctamente a los niños y para realizar el trabajo doméstico. De ahí esa sensación de estar sometidos a pruebas donde deben demostrar no sé qué. Estas circunstancias exponen a los hombres a una falta de legitimidad y de valoración social para desajustar el modelo imperante, para construir una imagen positiva de la paternidad activa y de su implicación familiar. Y esto resulta a la vez causa y consecuencia de la persistencia de desigualdades en el ámbito de la articulación del trabajo y la familia.

Debemos pertrecharnos para conquistar territorios que nunca debieron sernos ajenos. Hay quien dirá que esa avanzadilla la debemos hacer solos, y no falta razón, pero para descifrar nuevas geografías de cambio hacen falta las claves. La llave se esconde, una vez más, bajo la almohada de la reina. Una sociedad que arrastra absurdos planteamientos de género nos ha formateado, y esa realidad no debe obviarse. Se dibuja un desafío: pensar en uno mismo (y por uno mismo) y construir una representación subjetiva de la identidad masculina positiva, vinculada fuertemente a la paternidad. Una ocasión para aprender y aprehender nuevos espacios. De lo contrario se puede dar la circunstancia de que los niños crezcan y alguno se haya perdido la fiesta.

Homer

(1) Merla, L. «No trabajo y me siento bien»: Cambios en la división sexual del trabajo y dinámicas identitarias de padres en casa en Bélgica. Cuadernos de Relaciones Laborales. 2006, 24, núm. 2 111-127

@Miralles_Martin

Inclinados sobre el borde

“Mientras el espíritu calla en el mundo inmóvil de sus esperanzas, todo se refleja y se ordena en la unidad de su nostalgia”. Albert Camus, El mito de Sísifo.

Los guionistas son unos cachondos. Los míos en ocasiones beben. Yo incluso creo que a hurtadillas pasan a otro tipo de consumo más psicotrópico. En realidad siempre están a la altura, aunque para mi gusto a veces parezca se les va la mano, y enreden la vida a niveles de vodevil. Por eso me resulta familiar la imagen de rebuscar entre los escombros tras un terremoto.

Los guionistas nos ponen trampas, situaciones que rompen el bucle, que se escapan del patrón que, ingenuamente, pretendíamos controlar. Es el punto de inflexión de la montaña rusa. Un momento de silencio y reposo, de densidad infinita, previo a la caída.

Cuando todo es un sucedáneo, un placebo, iniciamos una suerte de exilio, un retiro a los confines de los sentimientos, al borde mismo del universo de nuestros pensamientos. Allí los vemos caer en cascada, absortos.  Se derrumban los decorados y se produce un despertar definitivo. Nuestro mundo se muestra con una imagen turbia y extraña de colinas espesas en las que Sísifo se pierde remontando de nuevo su roca. Dice Bauman que “para que podamos conocerlas de verdad, las cosas aparentemente familiares primero deben volverse extrañas”. Entonces nos instalamos en el campamento base después de haber coronado las cimas, después de haber sondeado las simas… No se puede conquistar el cielo si no has bajado a dar una vuelta por el infierno.

Todo esto nos pasa porque a veces los sentimientos son tan grandes que segregan un universo propio. No es posible fintarlos. La melancolía deja de ser persuasiva. Y es sólo en el momento inicial de la caída, cuando se nos sube la boca del estómago, que intuimos el principio único que perfila todos los fenómenos. Ahí ganamos el aplomo para inclinarnos sobre el remolino y mantener nuestra verticalidad.

Recogemos la madeja de Ariadna, cruzamos el espejo. Vuelve el Fénix, dispuesto a aprender de nuevo a ver, a estar atento. Tanto dislate tenía que tener un sentido.

Después de muchas vueltas, empezamos a apreciar una silueta de verdad: querer requiere de actitud guerrera. Porque implica desafiar todos los asaltos, remover las paradojas, dilatar el corazón en  el  crepúsculo. Sólo así se iluminan las angosturas del laberinto. Por eso no es bueno arrepentirse, siempre que haya sido el corazón el que haya ganado la batalla a la cabeza, amando por encima de nuestras posibilidades. Que para hacer las cosas como todo el mundo ya está todo el mundo, caramba. Con pies de plomo se va tranquilo por la vida, pero es más difícil bailar.

Y así damos valor a esas pequeñas cosas que, como decía Serrat, hacen que lloremos cuando nadie los ve. Sin olvidar aquellas, no menos importantes, que nos sacan una furtiva sonrisa de medio lado en la intimidad. Hay una victoria en cada gesto.M_Rusa

La espera y la ocasión

PatinetLa gente corre tanto

porque no sabe dónde va,

el que sabe dónde va,

va despacio,

para paladear

el ir llegando.

Gloria Fuertes

A veces sabes sin mirar el reloj la hora que es. Y es la hora de esperar. Con el tiempo aprendemos que hay maravillas que sólo se acercan en patinete, sin prisa. Reconocemos entonces la espera como un lugar donde estar. Un lugar familiar, donde cortar pan y tomate y comerse las prisas con las mismas ganas con las que ayer las cabalgamos.

Esperar es como recitar. Tiene el poder de parar la vida. Hace brillar bajo la luna ocultas cerraduras. Localiza, en su aparente vacío, lugares remotos y secretos. Tiende un lienzo entre la realidad y lo esperado, donde la imaginación crea nuevos mundos, universos paralelos.

Esperar es simplemente otear el horizonte hasta que alguien nos susurra: “las condiciones son favorables”. Entonces puedes quemar los planos, ya no hay que provocar los acontecimientos. Caen por su propio peso. Quien espera como Dios manda sabe que hay cosas que en realidad ya han acontecido… sólo deben materializarse, aunque sólo lo harán a su debido tiempo.

No nos enseñan a esperar, porque bien saben que entonces seríamos nosotros los sabios. Nos pretenden pertrechar con un ego superlativo (una personalidad fuerte, dicen), que genere una buena cantidad de deseos a satisfacer con la máxima celeridad. Por si tenías un momento de paz, esperando un metro, ya se encargan de ponerte una bonita cuenta atrás, adornada con unos cuantos vídeos promocionales, no sea que pienses… o peor, que medites. Lo queremos todo y lo queremos ya. Nos volvemos indigentes, adictos, afanándonos en todas direcciones presos de la ansiedad. Nos alejamos de la luz y del sosiego. Gollum asoma detrás de nuestra sombra, ufano de “su” tesoro.

Entonces, ¿esperar es no hacer nada? En absoluto. No se trata de esperar sin modelo, ni a lo que salga. Más bien la cosa va de obedecer un mandato: estar alerta, agudizar los sentidos… Buscar el recogimiento para luego alcanzar la máxima energía expansiva. Esa tensión nos indica que la espera no es ya sólo espera, sino acecho. Se adorna el momento, se vuelve infinito. Como felinos, absortos de un sutil aleteo entre bambalinas que emite una señal imperceptible. Ha llegado la hora. Se sitúa en ese no-instante entre el “todavía no” y el “ya no”. Seduce a kairós, la ocasión. Recordemos que por algo la pintan calva por el cogote… porque si pasa de largo es imposible agarrarla por el pelo. A por ella.

Gracia

La historia más increíble puede empezar como un relato vulgar. Acechemos pues, y a su debido tiempo arranquémoslo de la tierra húmeda con nuestras propias manos. Giremos la tortilla, resolvamos el acertijo, y veremos crecer nuestra epopeya cotidiana impregnada del incienso que perfuma el ara.

Recatemos momentos al trabajo y al estrés, para alzar una mirada sobre el atardecer. Apreciar al vuelo la belleza de esos instantes captados de soslayo es una de las mayores gracias que nos pueden ser concedidas.

Cada uno sabe de sus propios límites, sí, pero eso no nos da derecho a trasponerlos a aquello que nos depara el horizonte. Ignoramos la belleza, achicamos las visiones pasándolas por el cristal ahumado de nuestros humores. Así, a fuerza de encogerlas, cometemos el peor de los pecados: rompemos en pedazos su recado.

Dedicar un tiempo cada día a no pensar en nada, arrobados en un imperceptible destello, tiene grandes propiedades terapéuticas. Eclosiona el ser, esfinge de principios. Acróstico de vida. Muleta de doble alza. Aire que desmorona todas las ansiedades.

Rebocemos pues a conciencia nuestra lente, y utilicémosla para leer la realidad en su cara más real, la maravilla constante.5ANYS_1