La dimensión convivencial de la seguridad en los planes de regeneración

Los planes de reconstrucción deben incorporar la salvaguarda de la convivencia como una cuestión central.

Hablar de convivencia en términos de seguridad forma parte de su teleología. Entre los fines de cualquier política de seguridad está garantizar la convivencia. Y toda política de convivencia favorece la seguridad necesaria para el progreso y la calidad de vida. La íntima relación entre los términos, hace plantearse en qué medida podemos impulsar dispositivos y medidas que garanticen tanto una cosa como la otra. La perspectiva de la seguridad integral es indispensable, aunando  tanto la necesidad de mantener nuestra integridad material, física, psicológica, como la necesidad de mantener nuestra dignidad, nuestras expectativas dignas de futuro. Tenemos por delante una batalla que es también cultural y de modelos de sociedad, y habrá que escoger hacia dónde nos decantamos.

En el paisaje que nos deja la crisis social y sanitaria de la COVID-19 en nuestras ciudades y barrios, hay múltiples evidencias de que se han elevado los niveles de inseguridad inespecífica percibida. Al poso de tristeza de la yuxtaposición de duelos múltiples, se añade la saturación y fatiga de los efectivos denominados “de primera línea”, y la demolición de la expectativas para la parte más castigada de la población. Las medidas sociales impulsadas por el Gobierno de España han mitigado, pero no frenado, el incremento de desigualdades. Hemos descubierto la vulnerabilidad de nuestra sociedad, y la incertidumbre planea con su halo de inseguridad. Sin duda un buen caldo de cultivo para la extensión de los discursos de odio.

Ya tenemos algunos alarmantes indicios de ello, en la creciente estigmatización de determinados colectivos, o en los movimientos de las denominadas “patrullas ciudadanas”.

En este contexto de gran complejidad, la convivencia y la cohesión deben de pasar a ocupar un espacio central en los planes de regeneración. Las políticas denominadas “de convivencia” deben dejar de ser las hermanas pequeñas de las políticas sociales, para ocupar un rol preponderante, o cualquier esfuerzo paliativo será en vano.  Quedarnos únicamente con las necesarias respuestas de corte asistencial es cortoplacista, y contribuye a reproducir el sistema de desigualdad. Hay que armonizar y hacer compatibles la dotación extraordinaria de los recursos para cubrir las necesidades básicas, con los proyectos transformadores que requieren necesariamente una cocción lenta.

  • Planes de convivencia. Hará falta una hoja de ruta estratégica, sustentada sobre renovados consensos. Debe incluirse de manera prioritaria en los planes locales de regeneración.
  • Diagnósticos participativos. Evaluación de impactos teniendo en cuenta datos cualitativos emanados de la suma de diversas percepciones. Estos ejercicios de conocimiento compartido ayudaran a que las medidas de regeneración se visualicen como esfuerzos compartidos, y no una carta de servicios unidireccional de la administración hacia los ciudadanos.
  • Mapas de conflictividad. Hay que sistematizar y realizar cíclicamente estudios que permitan medir la “temperatura” de los barrios. Todas las variables deben confluir en un único “índice de convivencia” que arroje información actualizada.
  • Fortalecer el trabajo preventivo en red: a partir de la intervención comunitaria. Está demostrado que los procesos comunitarios generan comunidades más organizadas, y más resilientes, capaces de hacer frente a los retos y las dificultades con un incremento de la conciencia de la responsabilidad individual y colectiva.
  • Programas específicos de prevención de la radicalización y el extremismo violento. Más allá de las propuestas policiales, y en estrecha colaboración, intentar abordar las causas subyacentes.
  • Reforzar los dispositivos de mediación, sensibilización y gestión alternativa de conflictos, en dos ámbitos fundamentales: el espacio público y los centros educativos de enseñanza secundaria.
  • Visibilización de las políticas de convivencia y civismo. Así como los coches patrulla, por su sola presencia, generan una mayor sensación de seguridad, debemos empezar a hacer visibles los dispositivos vinculados a la prevención y la gestión de conflictos: puntos móviles, sistemas visibles de prospección del espacio público,… Cuidar la comunicación en las políticas de convivencia y vincularlas con el eje “sin convivencia no hay calidad de vida” y con un relato coherente del progreso social y económico de la ciudad.

Son sólo algunas ideas, una invitación a avanzar. Porque la repetición tautológica de los mantras, discursos y sistemas de intervención actuales no servirá; necesitan una actualización, aprovechando precisamente la experiencia de largo recorrido que ya hemos inventariado, especialmente en algunos municipios urbanos.

Convivencia

 

 

Verdades incómodas: ¿por qué las patrullas ciudadanas son una mala y peligrosa idea?

Últimamente asistimos a un repunte de la preocupación ciudadana en relación con la seguridad. Un repunte, suscribo, inducido y premeditado como explicaré más adelante. Especialmente en las redes sociales, pero también en algunos medios de comunicación tradicionales, han emergido determinados perfiles, personajes, o grupos que promueven la supuesta autoorganización ciudadana, para suplir lo que se interpreta como una dejadez en las funciones de los cuerpos y seguridad del Estado, en los diferentes niveles, desde la policía nacional, los Mossos o la policía local.

El mensaje es claro: ante problemas de orden público, delitos, robos con violencia y contra el patrimonio, violencia de género, ejercicio de la prostitución, reyertas, etc, la administración no consigue la suficiente acción preventiva o punitiva y se supone que –según el imaginario de estos grupos- con la presión hacia el delincuente y hacia la administración, los problemas de seguridad se solucionarán.

Primero de todo remarcar que se trata de un ejercicio de pensamiento mágico: “solucionaremos el problema de seguridad entre unos cuantos vecinos, vigilando y haciendo ruido”. Nada más lejos de la realidad. No hay ni un solo indicio, ni un solo estudio, ni un solo indicador que demuestre que en zonas donde se han implementado “patrullas ciudadanas” mejore la percepción, ni los datos reales, sobre los delitos.

Se trata de una versión de pensamiento individualista: la era del bricolaje, del “hágalo usted mismo”. No sólo usted puede ser su propia policía: usted puede hacer mejor de policía que la policía.  Bien, veamos algunos desajustes que esto plantea:

  • Es el Estado en nuestros sistemas democráticos quien tiene el monopolio de la violencia y, por tanto, el único que puede ejercer el poder coercitivo que lleva consigo. Cualquier otra consideración nos lleva al enfrentamiento civil, unos contra otros, con sesgos subjetivos a los límites que poco a poco se irán diluyendo. El caos, vamos.
  • Las patrullas ciudadanas son una importación del paradigma yanqui. Es decir, maximización de las iniciativas de seguridad individuales (por ejemplo llevar armas), seguridad privada para quien se la pueda permitir, etc… En el contexto europeo suponen un elemento disruptivo incorporado por ideologías de esa derechona pseudo libertaria que dice “¿me va usted a decir a mí si puedo beber vino o no?”
  • Políticos mediocres y peligrosos para la convivencia no dudarán en cubrir sus carencias o escalar en sus valores demoscópicos ayudados por la confrontación del pueblo contra el pueblo, pobres contra pobres, o contra enemigos ficticios o chivos expiatorios (últimamente los MENAcumplen esa función a la perfección).

En mi modesta experiencia permítanme decirles que no creo en la generación espontánea. Detrás de ciudadanos y ciudadanas con los miedos propios de la vida urbana, de la falta de expectativas, del temor al retroceso del ascensor social; detrás de activistas bienintencionados, se larva una estrategia profunda, discreta y tenaz, auspiciada por los generadores de fakenews de la ultraderecha y los nacionalismos identitarios, los secuaces de Bannon. El objetivo: generar red y desestabilizar el sistema.

Parte fundamental de esta estrategia desestabilizadora son las páginas de “denuncia” que continuamente nos reportan los delitos que se detectan en una población determinada. La intención es evidente: generar un estado de alarma propicio para proponer después determinadas medidas. Imaginemos que un espacio fuera relatando en tiempo real todos los casos de enfermedades infecciosas de una población. ¿Mejoraría nuestra sanidad? En absoluto, pero crecería la paranoia colectiva. Ese es, justamente, el objetivo de los “Helpers” y compañía.

Dicho claramente: es un error considerar que la mayoría de la gente preocupada que forma parte de estas “patrullas ciudadanas” o las fomenta, sean fachas. Como también es un error no ver que detrás de la estrategia hay una agenda oculta de la ultraderecha. Hay que empezar a destaparla. Pero además de hablar claro, van a hacer falta otras cosas. Porque no deja de ser cierto el incremento de indicadores de inseguridad, real y percibida.

  • Más estado del bienestar. Efectivamente, el Estado social debe ser nuestra zona de confort común. Debe contribuir a reducir los factores de vulnerabilidad tanto a nivel individual como colectivo. Y tanto la convivencia como la seguridad deben fortalecerse. No quiero buscarme la vida para estar más seguro, quiero que lo hagamos desde el sistema, con todas las garantías, para el bien común.
  • Una izquierda sin complejos que levante la bandera de la seguridad: una seguridad integral, que incorpora tanto la necesidad de mantener nuestra integridad material, física, psicológica, como la necesidad de mantener nuestra dignidad, nuestras expectativas dignas de futuro.
  • Apostar por la participación de la ciudadanía, desde la perspectiva de la co-producción de políticas públicas de seguridad. Reforzar comunidades resilientes, las iniciativas mediadoras y de resolución pacífica de conflictos. Fortalecer el trabajo preventivo en red: a partir de la intervención comunitaria generar o reforzar espacios compartidos de formación, diálogo y reflexión para establecer estrategias de intervención que sean reconocidas como propias por parte de todos los protagonistas. Esto debe servir para construir un discurso común e inclusivo sobre la convivencia en los barrios, un discurso que señale los retos del territorio sin estigmatizar espacios ni colectivos.
  • Menos visión reactiva y más mirada larga. Tener visión estratégica y habilitar conexiones y complicidades entre el sector público y diversos ámbitos de la sociedad civil.
  • A nivel local reforzar los dispositivos de seguridad y convivencia de proximidad, que están en primera línea y puedan jugar un papel fundamental. Incorporar elementos disuasorios como la instalación de cámaras en los puntos calientes.
  • Lealtad y colaboración institucional. No podemos dejar solos a los Ayuntamientos, que están lidiando con escasos recursos para levantar la crisis social que está dejando la pandemia de la Covid-19. Si es necesario, promover cambios de legislación que endurezcan las penas por multi reincidencia.

Vamos a contracorriente, y llegamos ligeramente tarde, pero es necesario denunciar a quien sirven, conscientemente o no, las autodenominadas “patrullas ciudadanas”, y abordar las causas profundas sobre las que se apoyan estos fenómenos. El momento es grave, con un sistema democrático desprestigiado por errores propios y ajenos, en un panorama de importantes desigualdades. Un caldo de cultivo perfecto para que avancen los discursos del odio, el miedo y el resentimiento. Debemos detenerlos.

ojo