Gracia

La historia más increíble puede empezar como un relato vulgar. Acechemos pues, y a su debido tiempo arranquémoslo de la tierra húmeda con nuestras propias manos. Giremos la tortilla, resolvamos el acertijo, y veremos crecer nuestra epopeya cotidiana impregnada del incienso que perfuma el ara.

Recatemos momentos al trabajo y al estrés, para alzar una mirada sobre el atardecer. Apreciar al vuelo la belleza de esos instantes captados de soslayo es una de las mayores gracias que nos pueden ser concedidas.

Cada uno sabe de sus propios límites, sí, pero eso no nos da derecho a trasponerlos a aquello que nos depara el horizonte. Ignoramos la belleza, achicamos las visiones pasándolas por el cristal ahumado de nuestros humores. Así, a fuerza de encogerlas, cometemos el peor de los pecados: rompemos en pedazos su recado.

Dedicar un tiempo cada día a no pensar en nada, arrobados en un imperceptible destello, tiene grandes propiedades terapéuticas. Eclosiona el ser, esfinge de principios. Acróstico de vida. Muleta de doble alza. Aire que desmorona todas las ansiedades.

Rebocemos pues a conciencia nuestra lente, y utilicémosla para leer la realidad en su cara más real, la maravilla constante.5ANYS_1

Cristales de tiempo

Dicen los físicos que puede existir una cosa llamada cristales de tiempo. Esta rareza matemática al parecer está a un pasito de demostrarse, lo cual según cuentan se pasaría por el forro la segunda ley de la termodinámica, además de la simetría fundamental de las leyes de la física. Desde la ignorancia, mola mucho que la ciencia penetre en esos terrenos poéticos, mágicos, casi transgresores de nuestra pobre racionalidad, como el fascinante entrelazamiento cuántico. Como decía Neruda “no sólo a los poetas interesan los enigmas. Venimos y nos vamos dentro del misterio fundamental. La ciencia y las religiones se codean en la sombra echándose a los ojos la belleza, la probabilidad, los mitos lejanos y la verdad aproximativa”.

Si has visto nacer a tus hijos sabes que hay momentos que realmente pueden cristalizarse, diga lo que diga y llegue a donde llegue la física y sus experimentos. Los podemos resguardar en una cajita para saborearlos poco a poco, en un rincón privado, bajo llaves ocultas y recónditas.  Da gusto revolcarse en ellos y saborear de tanto en tanto su misterio y su fragancia, atrapada quizá en las fibras del papel, entre los hilos de una bufanda, en la caracola que engulló un mar… Entramos en ellos desde el cielo y sobrevolamos su geometría, larva de futuro, cometa, espuma de un océano congelado.

Momentos en los que podrías oír cómo crujen los engranajes del mundo. Instantes que zarandean la virtud y el ánimo, en los que se desplazan los tabiques de nuestro laberinto. Ímpetus de batalla. Misterio poderoso.

Es el tiempo cero. Detenido como hizo el Vesubio en Pompeya y Herculano. Colapso de sistemas y punto de inflexión. Todo parece esperar en un acecho inmemorial, lleno de fecundación y sortilegio, que arrasa con los laboratorios. El nacimiento de la ocasión, el punto en el que el ciclo deviene espiral ascendente. Momentos que fecundan los mitos, que impregnan de incienso el atardecer en las basílicas. Momentos secretos, pues la revelación a veces mata a lo revelado.

Algunos hemos aprendido a sentir fascinación por aquello que se escapa del guion, mientras el mundo se empeña en reducir posibilidades. Eso nos otorga la gracia de coleccionar unos cuantos cristales de tiempo, que adornan nuestro camino como la guarida de Superman. Sabemos también que nunca se encuentra un tesoro siguiendo el mejor de los planes; los tesoros símplemente aparecen. El daguerrotipo de turno, sea con la tecnología que sea, jamás aprehenderá tanta magia.

daguerrotipo