Estamos doblando la curva… del buen rollo

Decía un amigo mío que, después de más de un mes, tenemos la mente confitada, más que confinada. Y creo que tiene razón. Nuestros sesos confitados, conservados en el almíbar de chistes, memes, con ese sentido del humor que nos define. Nos habíamos olvidado de que el exceso de dulce provoca empacho.

No sé si seré yo, o serán las hormonas, pero el bombardeo de memes graciosos empieza a sonar como las gotas de lluvia sobre la ventana. Son bonitas de ver, pero sumen en una sutil melancolía.

Es el estallido del postureo buenrollista, que nos invade de una turbadora lucidez pesimista. Todo empieza a darnos entre fatiga y pena inexpresable, como la actuación de un artista en declive. Los himnos se han vuelto cansinos, un soniquete lejano. Los aplausos ya no miran al horizonte, contentos de ritualizar algo juntos, sino al suelo, en un movimiento mecánico que clama por el final de la coreografía.

Que sí, que la gente se esfuerza y algunos hasta consiguen distraernos (porcentualmente cada vez menos), pero ya hemos podido constatar tres cosas, tres verdades que caen con un ruido sordo: Sabemos que esto va para largo. Para muy largo. Para tan largo que asusta. Hasta que la vacuna, si cabe, nos saque de ésta. Y también sabemos que el “bicho” mata, y mucho. M-a-t-a, con todas las letras. Todos tenemos ya amigos, familiares, conocidos que no volverán, que engrosan las cifras de esta masacre. No hacen falta fotos de ataúdes porque hemos sentido la muerte a nuestro lado. Todos hemos visto las orejas al lobo, de una u otra manera. Sabemos que va en serio, que de hecho no tiene ni puñetera gracia. Sabemos por último que, “cuando todo esto pase” se cierne sobre nosotros una gran incertidumbre sobre cómo será nuestra sociedad y cuánto se desmoronará de nuestra economía. Y esta sociedad naïf lleva muy, pero que muy mal, eso de las incertidumbres (ya no hablemos de nuestra pueril relación con la parca). La inseguridad hace que busquemos refugio en sombríos vendedores de crecepelos infalibles. El buitre nacional populista espera hacer su agosto con los restos putrefactos.

Los que tenemos una dilatada experiencia en que se desmorone nuestro escenario jugamos con una cierta ventaja. No podremos huir de la muerte, pero sabremos danzar con ella llegado el caso. Aprendemos como el tramoyista, y sabemos distinguir lo inmanente. No requerimos de tanta impostura, de ningún ardid para burlar la realidad. Adentrados en la zona umbría, ahora es cuando vamos a ver de qué está hecho cada uno de verdad.

Con las lorzas confinadas afloran ya también los miedos profundos. Vienen tiempos de impaciencias y reclamaciones. El dilema entre el “sálvese quien pueda” o “salir de ésta juntos”. Se viene la épica. Apretar los puños cuando falten fuerzas, cuando falten de verdad. Cantar a voz en grito, no como los payasos de la tele (dicho esto con todos los respetos para el noble oficio), sino como la expresión sonora de las luchas -internas y hacia afuera- que están por venir. Hacer el chorras hasta ahora tiene un cierto mérito, claro. Pero es a partir de ahora, ungidos de consciencia y gravedad, que someteremos a la prueba de la fatiga a nuestros nobles materiales. Estar a la altura dependerá de los asideros de los que nos hayamos dotado, individual y colectivamente.

MalRollo

El coronavirus como excusa

En el fondo nos encandilan los apocalipsis. Queremos ser el cornicen que anuncie la desolación a todo pulmón. Un poquito del fin del mundo (no todo, no sea que nosotros también fenezcamos) nos evoca quizá la expiación de los pecados de nuestra civilización. Estamos profundamente influidos por la estética Mad Max y del final de los tiempos en el cine, el cómic y las series, siempre inspirador. Nuestras sociedades oscilaron en algún momento desde el optimismo “hacia el lado opuesto, hacia el polo de expectativas distópicas fatalistas” (Bauman). Es por eso que nos regocijamos en el morbo apocalíptico.
La sociedad de la hipérbole lo es también para propagar la paranoia. La alerta sanitaria que conlleva la posibilidad de una pandemia mundial es un detonante sordo para las cloacas de nuestra conciencia. Ya pasó en los inicios del SIDA, que para muchos semejaba una plaga divina sobre homosexuales y drogadictos. El miedo siempre es el mejor de los acicates para el odio. El odio siempre es la mejor de las expresiones del pavor que lacera nuestro ser más profundo y primitivo.
Cuando al miedo de nuestras expectativas, lastradas por la avería del ascensor social y por el paisaje roto que deja una crisis, se le suman otros miedos, como puede ser el de una epidemia, los monstruos comienzan a emerger. Cuando estos miedos se pueden focalizar sobre un colectivo, sobre el que pesan estigmas, zonas opacas que refractan al conocimiento, tenemos un chivo expiatorio de manual. Así la comunidad china pasa a ser sospechosa de ser portadora de una enfermedad que podría afectarnos a nosotros, a nuestros hijos, a nuestros mayores. Crecen entonces esas miradas de desconfianza. Esas que se nos escapan a todos. Los comentarios espetados de soslayo anuncian brechas que se ensanchan: “yo voy a estar una temporada sin comprar en el chino…”. No hay pues, en estas reacciones, ni un ápice de racismo ideológico. Es algo más atávico.
Las asociaciones representantes de la ciudadanía de origen chino en Barcelona o Santa Coloma de Gramenet, han suspendido los actos del Año Nuevo Chino. No hay detrás de esta decisión nada que tenga que ver, directamente, con la alerta sanitaria. Hay mucho que tiene que ver directamente con la alarma ciudadana focalizada sobre un colectivo. Pesa sobre nuestras conciudadanas y conciudadanos chinos una presión dura que deja un poso de melancolía. No hay muchas ganas de celebrar nada, y es lógico. Todo el proceso de expansión del virus es doloroso desde muchos puntos de vista, uno de ellos la autoestima y el orgullo de una sociedad poco individualista. China está triste. Ergo los catalanes y catalanas de origen chino están tristes también, y también tienen miedo. Parecería que lo mejor es tirar para adelante y celebrar como si no hubiera pasado nada. Pero es preferible aparcar las grandes celebraciones que tener que soportar que mañana alguien señale a la comunidad, ante el primer caso confirmado.
La paranoia del 2019-nCoV ha dejado sin mascarillas las farmacias de diversos puntos de España. Pero más allá de esto, que al final repercute en positivo en el bolsillo del fabricante, dejarnos llevar supone una jalea rica en alimento para otra enfermedad quizás más letal que cualquier virus.

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